Resumen:

Este artículo analiza cómo, a mediados del siglo XIX, la clase política de Aguascalientes articuló una noción de progreso para proyectar una identidad propia en el ámbito regional. Con base en un análisis cualitativo de discursos y crónicas publicados en el periódico oficial hidrocálido, El Republicano, se estudia el papel que jugaron las exposiciones de industria, agricultura, minería y objetos curiosos en el marco de la Feria de San Marcos en la ciudad de Aguascalientes, en el periodo de 1851 a 1891. El estudio muestra que dichas exposiciones, mediatizadas por la prensa, buscaron incentivar la producción local y transmitir una imagen de madurez política y modernidad de la entidad, enmarcadas en la filosofía del progreso. Se pone especial énfasis en el análisis de los discursos pronunciados durante las ceremonias de premiación, ya que estos ofrecen el conjunto de valores que concentró el liberalismo y positivismo en México, desde una perspectiva local, basados en la idea de progreso y presentes en tópicos asociados con el trabajo, la educación, las artes y la civilidad, entre otros. Se concluye que las exposiciones con sus discursos representaron una estrategia para proyectar la imagen de un Aguascalientes dentro de una tendencia universal asociada con la celebración de exposiciones, con la intención de transmitir una idea optimista sobre el progreso.

Abstract:

This article analyses how, in the mid-nine teenth century, the political class of Aguascalientes articulated a notion of progress to project a distinct regional identity. Based on a qualitative analysis of speeches and reports published in the official newspaper of Aguascalientes, El Republicano, it examines the role played by exhibitions of industry, agriculture, mining, and curiosities held within the framework of the San Marcos Fair in the city of Aguascalientes during 1851-1891. The study shows that these exhibitions, mediated by the press, sought to stimulate local production and to convey an image of the state’s political maturity and modernity, framed by the philosophy of progress. Special emphasis is placed on the analysis of speeches delivered during award ceremonies, since these present the set of values gathered by liberalism and positivism in Mexico, from a local perspective, grounded in the idea of progress and expressed in topics associated with work, education, the arts, and civility, among others. It concludes that exhibitions and their speeches represented a strategy to project an image of Aguascalientes within a universal trend associated with the holding of exhibitions, with the intention of transmitting an optimistic idea of progress.

Palabras clave:
    • Aguascalientes;
    • discurso del progreso;
    • exposiciones industriales;
    • feria de San Marcos;
    • identidad local;
    • liberalismo;
    • positivismo;
    • prensa decimonónica.
Keywords:
    • Aguascalientes;
    • progress discourse;
    • industrial exhibitions;
    • San Marcos Fair;
    • local identity;
    • liberalism;
    • positivism;
    • nineteenth-century press.

Introducción

Durante el siglo XIX en México se constituyó una nueva legitimidad en torno al orden republicano. Desde 1825 sociedades y juntas patrióticas se dieron a la tarea de celebrar a la patria. Las élites gobernantes moldearon una nueva mitología y ritualidad cívica que le dieran legitimidad ante el mundo y ante sus gobernados. La tradición cívica republicana se fue consolidando a lo largo de esta centuria. Los eventos históricos emblemáticos fueron la independencia, la constitución, la defensa de la soberanía nacional, la consolidación de la república liberal y el nuevo orden basado en la idea del progreso. Hacia la segunda mitad de aquella centuria se fue perfilando como eje articulador en los discursos patrióticos la filosofía del progreso, su difusión estuvo a cargo de varios canales de transmisión: los rituales cívicos, la folletería, la prensa, la literatura nacional y la memoria histórica. La cultura cívica decimonónica se divulgó en una ritualidad que si bien heredaba patrones del antiguo régimen, se integraban nuevos elementos tanto de contenido como de transmisión para cohesionar a la sociedad bajo un ideario político que integraba valores y proyectos republicanos de corte liberal y, posteriormente, los relativos a la ideología basada en el progreso. La ciudad de Aguascalientes, capital del estado que lleva el mismo nombre, ubicado en el centro de la República Mexicana, fue pionera en la organización y celebración de un ritual que buscaba persuadir y convencer sobre las bondades de abrazar la filosofía del progreso, nos referimos a una serie de eventos conocidos bajo el nombre de “Exposición de industria, agricultura, minería y objetos curiosos”, celebrados en el marco festivo de la función o temporada de San Marcos (actual Feria Nacional de San Marcos), entre 1851 y 1891; en ese lapso sumaron 29 certámenes o fiestas del saber, como las nombraron los hombres de aquella época.

La decisión de llevar a cabo las exposiciones en el marco de las fiestas abrileñas dedicadas a San Marcos, se asocia con un tiempo dedicado al esparcimiento en plena estación primaveral; de este modo, el tradicional barrio de San Marcos era el epicentro de una serie de actividades asociadas con el ocio y la diversión, por ende, era una temporada para festejar y en las exposiciones se celebró principalmente a los talentos locales representativos de los ramos económicos, aunque también se expusieron objetos de arte y aquellos asociados con las labores femeniles, entre otros.

La de 1851 fue la primera exposición celebrada en todo el país, y coincidió en año con la primera exposición universal, la de Londres; este dato cobra especial importancia, porque las exposiciones universales fueron un proyecto para publicitar los grandes inventos de la época, propios de la revolución industrial. Representaron un escaparate para transmitir y difundir la mejor cara de la sociedad industrial, por lo tanto, el hecho de que en Aguascalientes se celebrara una exposición que tenía la intención de imitar a las exposiciones nacionales y regionales de Europa - que se venían celebrando desde el siglo XVIII - tiene gran significación en el hecho de buscar el nuevo estado de Aguascalientes, un reconocimiento en el escenario nacional, plenamente legitimado como una entidad federativa libre y soberana en la Constitución liberal de 1857. El proceso de separación de Zacatecas llevó dos décadas y se caracterizó por avances y retrocesos.

El clímax de las exposiciones se encontraba en las ceremonias de premiación. Tanto las exposiciones en su conjunto como los actos de premiación se organizaban por el grupo de liberales hidrocálidos que ocupaban cargos públicos, se dedicaban a la enseñanza, eran dueños de imprentas, editores de los periódicos, escritores, artistas, historiadores, médicos, ingenieros y catedráticos. Dichas ceremonias respondían a todo un ritual que incluía piezas de música, declamación de poesías, pronunciamiento de discursos y premiación a aquellos trabajadores locales que a través de sus objetos exhibidos se habían hecho merecedores del reconocimiento público. Por ejemplo, algunos de los objetos presentados en 1867 fueron: cultivos de algodón - provenientes del valle del Tecuán, perteneciente al Mayorazgo de los Rincón Gallardo - de maíz y trigo; vinos, vinagres y aguardientes de uva; una máquina para fideos y figuras imitativas en papel cartón, etcétera. Durante la exposición de 1885 se exhibieron libros de instrucción pública y de método para la enseñanza del inglés; bajorrelieves, una colección de piedras minerales de las minas del municipio de Tepezalá, un teléfono, cerveza fabricada en Aguascalientes, mezcal, casimires y tejidos, así como máquinas de coser Singer, entre otros. Las mujeres participaban con pinturas, flores, dulces, bordados y muñecas. Básicamente, se exhibió la producción local. Respecto de la exposición de las máquinas Singer, esta implicó un debate del jurado calificador, ya que se cuestionaba cómo los objetos locales podrían competir con un invento extranjero. La resolución consistió en otorgar un reconocimiento especial por la introducción de tecnología en la región, sin menoscabo del resto de objetos exhibidos.

La breve lista de productos expuestos en las exposiciones locales, no tienen punto de comparación con lo exhibido en las exposiciones universales: la máquina de vapor, las escaleras eléctricas y la bombilla eléctrica, entre otros inventos propios del tiempo de la revolución industrial, lo que desconcertó, asombró y entusiasmó al público asistente. Las exposiciones de Aguascalientes en realidad fueron muy modestas y sencillas; sin embargo, representan un ritual cívico con un alto poder simbólico, inserto en la tradición de exposiciones decimonónicas, desde su propia dimensión y alcance.

Gómez Serrano (2007) sostiene que

se pretendía fomentar la ilustración, el llamado “espíritu del progreso”, se creía que al poner en contacto a los productores, al darles la oportunidad de mostrar sus herramientas y sus granos, nuevas y revolucionarias fuerzas irrumpirían en el cuerpo social y harían obligada la mejoría. (p. 65)

En dicho sentido, los productores participantes y reconocidos públicamente en las exposiciones, se presentaron como la muestra de un Aguascalientes amante del progreso.

Los discursos producidos en este entorno cultural - las ceremonias de premiación - tuvieron su principal canal de difusión en El Republicano. Periódico oficial del estado de Aguascalientes,1 documento histórico de gran valor para comprender la visión de aquellos hombres que impulsaron el proyecto de las exposiciones. En El Republicano se publicaban íntegramente programas, discursos, alocuciones, poemas, listas de los premiados y de los objetos expuestos. El análisis que se presenta se centra en los discursos porque permite construir la imagen de mundo de aquellos hombres de veta liberal en el ámbito local y, a partir de las líneas discursivas, se observa el ritual cívico y patriótico de las exposiciones.

La idea de progreso se presenta como eje articulador del discurso, como una ley inexorable e inmutable de la historia y del avance social, solo concretada a través del fomento de las ciencias y de las artes, productos del esfuerzo, inventiva y creatividad del ser humano. De ahí se comprende el objetivo de las exposiciones, entendido como un mecanismo de persuasión y convencimiento, así como una proyección de una visión de mundo, donde se defendía en el nivel discursivo el valor del trabajo en la idea weberiana de concebirse como redención y salvación, tanto del individuo como de la sociedad en su conjunto. La fe en el progreso implica en este corpus textual la idea de una sociedad que avanza hacia la prosperidad para llegar al último estadio civilizatorio.

Las exposiciones fueron actos de naturaleza pública que buscaron convencer y persuadir para adoptar y trabajar en función de la filosofía del progreso, como una forma de concebirse y reconocerse en el mundo moderno, a partir de una serie de interconexiones políticas, económicas y culturales.

Las exposiciones: un encuentro con el progreso

En el contexto del siglo XIX y en una atmósfera que envolvía a la sociedad con el empuje innovador de la revolución industrial, diversos actores sociales como políticos, empresarios, intelectuales y artistas creyeron que el arribo del progreso era inminente, por ende, urgía impulsar proyectos para convencer a todos los grupos sociales sobre sus bonanzas y dar a conocer los productos resultado de la inventiva de los hombres creativos. Para ello, las exposiciones regionales, nacionales y universales cumplieron eficazmente con transmitir una idea de mundo fundamentada en la filosofía del progreso y comunicada desde las élites políticas, intelectuales y económicas. “Las exposiciones incluían todas las formas modernas de expresión: arte y ciencia, propaganda comercial y estadísticas, paisajes en lienzos y estructuras arquitectónicas” (Tenorio, 1998, p. 21). Fueron grandes exhibiciones que mostraron las ventajas y avances de diferentes ramas de la industria gracias a la revolución industrial y, una imagen edificante, sofisticada y romántica de mundo a través de la recreación estética.

Las exposiciones marcaron el ritmo del siglo XIX, significaron una gran tendencia y un signo de modernidad, igualmente fueron escaparates para mostrar una pirámide de los países, evidenciar los más modernos y adelantados respecto de los más atrasados en un escenario de solidaridad y fraternidad. “Rivalidades nacionales y competencia entre naciones se superponían dentro de los espacios que las exposiciones generaban. Los esfuerzos por representar a las naciones se expresaban claramente en los llamados pabellones nacionales” (Bruno, 2020, p. 492).

Londres fue la primera ciudad que se convirtió en sede de una exposición universal en 1851, no es de extrañar, por ser vanguardia internacional en desarrollo tecnológico y científico. En la Gran Exposición se observó el fenómeno del turismo, por la gran afluencia de ingleses en su mayoría, “entre la novedad, el orgullo patrio, la fascinación y el deslumbramiento se movieron las emociones de los algo más de seis millones de visitantes” (Méndez, 2006, p. 26). Se buscó exhibir la gran industria del país sede, así como la sofisticación del arte, y presentar los tres grandes ramos del mundo civilizado: ciencia, industria y arte. Las exposiciones universales como grandes escaparates, “mostraron el progreso y la grandeza de los imperios de la época.… El origen de estas exposiciones se dio en un contexto de afianzamiento del sistema capitalista, de los Estados-nación y la emergencia de las identidades nacionales (Rodríguez, 2022, pp. 184-85).

La tradición moderna iniciada por Londres fue emulada en las ciudades más importantes de Europa y Estados Unidos. Según el Bureau International des Expositions (BIE, 2025), algunas de las exposiciones decimonónicas fueron: Londres (1851), París (1855), Londres (1862), París (1867), Viena (1873), Filadelfia (1876), París (1878), Melbourne (1880), Barcelona (1888), París (1889), Chicago (1893), Bruselas (1897), París (1900). La participación de México fue emblemática en las exposiciones de París, principalmente en la de 1889, ya que en el pabellón mexicano se instaló un palacio azteca, exponiendo - al igual que Perú - la grandeza de sus culturas prehispánicas con un toque europeizante. También fue de importancia para México participar en las muestras organizadas y celebradas en Estados Unidos. En general, los países de América Latina y Cuba, todavía con un estatus de Colonia, buscaron participar en exposiciones para ser parte del concierto de naciones.

Para México, participar en las exposiciones universales entrañó una compleja organización - desde lo nacional hasta lo local - plenamente justificada, ya que se buscaba, como se ha mencionado, ser parte del concierto de naciones. Lo que se observa en las primeras exhibiciones, según el análisis de Herrera (2014), son esfuerzos individuales, como en Londres (1862). No obstante, con el paso del tiempo se derivaron acciones en el nivel gobierno para desechar la imagen desfavorable de México, caracterizada por “un país desconocido o sólo reconocido por su incapacidad de gobernarse” (p. 261), y forjar otra imagen del país “de autopromoción y propaganda que sólo fue posible con el advenimiento de la paz porfiriana” (p. 261). De este modo, la exposición de Filadelfia (1876) “fue el primer ejercicio sistemático del gobierno federal para lograr una representación nacional acorde con sus intereses” (p. 261); después, en las exposiciones organizadas por los países sudamericanos y en la de Berlín (Gran Exposición Industrial de 1896), fue posible “ensayar novedosos recursos y diferentes estrategias para el lucimiento y promoción del país en el extranjero” (p. 261). Finalmente, en las exposiciones francesas (1889, 1900), la maquinaria de la organización para los eventos internacionales estaba en perfectas condiciones para brillar, reflejando un proceso de años para mostrar a un México civilizado y amante del progreso.

Mientras tanto, en el pequeño universo hidrocálido, en El Republicano del 11 de mayo de 1875, apareció publicado el discurso que Macedonio Palomino (político y poeta) pronunció la noche de la solemne distribución de premios de la XVIIIª Exposición de Aguascalientes, donde recordaba la importancia de las grandes ciudades que celebraban exposiciones:

Filadelfia, Viena, París, todas las principales ciudades del mundo, abren estos concursos, estos certámenes artísticos, donde se empeñan las más nobles competencias, convencidas de sus grandes resultados. Oscuros artesanos que no tenéis un nombre, venid a conquistarlo con vuestros artefactos.2

De este modo, las exposiciones universales fueron “referentes indispensables para los mexicanos que compartían los valores del liberalismo político y económico, así como la filosofía del progreso” (Terán, 2023, p. 20).

Tenorio (1998) expone que “las exposiciones mundiales de fines del siglo XIX eran, pues, los más abarcadores y escandalosos intentos por retratar en miniatura una imagen moderna de mundo” (p. 23), por tal motivo, México participó en las exposiciones universales como las celebradas en París en 1889 y 1900, eventos en los cuales fue muy significativo el papel que jugó el escultor hidrocálido, Jesús F. Contreras. México mostró en tierras parisinas su grandeza cultural, ya que no podría competir con las naciones que exhibían los grandes adelantos en ciencia y tecnología producto de la revolución industrial. El esfuerzo por participar en las exposiciones universales de Europa y Estados Unidos se justificó como una forma de legitimidad en un escenario en el que se mostraba el concierto de naciones; en otras palabras, las relaciones internacionales basadas en la amistad, colaboración y armonía. Las exposiciones universales fueron espacios para evidenciar el sistema-mundo-capitalista, en concordia y carente de conflicto.

Siguiendo el impulso del positivismo en México, la ciencia se convertía en el conocimiento dominante de la época, Palti (2008) plantea que, para el caso de nuestro país, este cerraría “de manera efectiva el capítulo de la anarquía instalada en México tras su Independencia” (p. 327). A la República Mexicana le urgía mostrar ante el mundo una imagen diferente de aquella generada con los pronunciamientos militares, las invasiones extranjeras de Norteamérica y Francia. La pérdida de la mitad de su territorio en 1848 no dejó de pesar en el ánimo de políticos e intelectuales por el resto de la centuria. La idea moderna de progreso sirvió no solo para edificarse una nueva legitimidad, sino para integrar el progreso como parte de su historia reciente, de ahí se comprenden los esfuerzos por participar y organizar exposiciones. Rodríguez (2022) señala que la clase política mexicana otorgó gran importancia a su participación en las exposiciones universales, especialmente tras el triunfo y consolidación del liberalismo en el país, lo que significó gobiernos más estables y un contexto idóneo para la “promoción de sus intereses con la ayuda del elemento cultural en su política exterior; para ello, una vía privilegiada de la época la constituyeron las exposiciones universales” (p. 208).

Por otro lado, desde los diferentes ámbitos locales o regionales, también existieron esfuerzos por ser partícipes en las exposiciones universales, como el caso de Puebla. Herrera (2009b) expone que cuando se recibía una invitación firmada por Porfirio Díaz en las diferentes entidades, se atendía y difundía la convocatoria; la organización partía del gobierno federal y luego se establecían comisiones o comités estatales para garantizar la participación. No obstante, las realidades regionales eran diversas y no necesariamente participaban todos los estados. Para el caso de los expositores poblanos, tiene especial relevancia la exposición de 1884 en Nueva Orleans; sin embargo, a pesar de su industria, comercio y diversidad, debido a sus 21 distritos, “la mayor parte de los objetos poblanos pertenecían a expositores de la ciudad capital, sobre todo los que requerían del concurso de procesos de elaboración … mayoritariamente se propusieron de origen natural” (Herrera, 2009b, párr. 73). Aunque fue modesta la participación de Puebla, abonó con sus productos y objetos exhibidos a la imagen de modernidad del país, gracias a su extensa y variada geografía. Seguramente los esfuerzos eran muy grandes y tal vez la respuesta no era la esperada. Herrera (2009b), en su análisis presenta una lista de 22 productos premiados con sus correspondientes expositores; llama la atención que 12 corresponden al gobierno del estado y el resto a particulares. En otras palabras, si no había la respuesta esperada a la convocatoria, el gobierno como expositor debía participar y enviar productos.

Por medio de las exposiciones se buscó transmitir una imagen del país o de los estados y ciudades que organizaban este tipo de eventos; por ende, se construyeron y difundieron representaciones tanto nacionales como locales, en las cuales se mostró la riqueza de la geografía y sus fuentes potenciales de desarrollo, el empuje de las industrias, las mejoras materiales, el ornato de las ciudades. Para el caso de Puebla, Herrera (2009a) estudia cómo se construyó la representación del territorio por medio de los objetos exhibidos, “son los productos naturales susceptibles de explotación los que le dan identidad a sus regiones, al territorio poblano sólo se le puede reconocer por el ónix, por la calidad de sus cereales y por su producción textil” (p. 17). En consecuencia, el esfuerzo de las entidades federativas por participar en las exposiciones, respondió también a un proceso de reconocimiento de las diferentes realidades locales. Para el caso de Aguascalientes, en su exhibición local se configuró la región minera de Asientos y Tepezalá (noreste del estado) por las muestras y colecciones de piedras y minerales, aunque en comparación con los productos agrícolas, su participación fue muy marginal.

Como se ha mencionado, el objetivo de las grandes exposiciones consistió en mostrar los avances científicos y tecnológicos - no obstante, países como México, con sus diferentes regiones, ante la falta de innovaciones en la materia, enviaron para la exhibición productos asociados con las fuentes de la riqueza nacional: productos de la naturaleza, artesanales y culturales; de ahí la importancia de “la representación del territorio mediante mapas y cartas geográficas en el último tercio del siglo XIX” (Herrera, 2009a, p. 18) -, así como la obra de paisajistas mexicanos. Por ejemplo, en la última exposición celebrada en Aguascalientes en 1891, se expuso y premió la serie de cuadros Valle de México de José María Velasco, obra exhibida en la Exposición Universal de París en 1889; se hizo alusión a la transparencia del cielo mexicano, imposible de comprender por los paisajistas europeos (Terán, 2023). Con la obra de Velasco se conjugó algo digno de mostrar: el arte, los artistas mexicanos y la geografía mexicana.

En el caso de Jalisco, aunque la iniciativa venía desde 1848 con la fundación de la Sociedad Filantrópica de Jalisco y el proyecto de exposiciones anuales, cuya finalidad era fomentar la producción local, celebró su primera exposición 30 años después, mostrando que llevó tiempo concretar la iniciativa. Así, aunque existieron varios intentos, fue hasta 1878 cuanto se llevó a cabo la Exposición Municipal de Guadalajara, incentivada por las muestras internacionales o universales. El impulso fundamental de los certámenes fue una nueva sociedad: “Las Clases Productoras”, que buscó la conciliación entre los intereses de los diferentes sectores económicos; cuando dejó de existir la sociedad, la cultura de las exposiciones había echado raíces y Jalisco continuó organizando los eventos locales, garantizando su participación en las muestras internacionales (De la Torre, 2021).

La ciudad de Aguascalientes celebró su primera exposición en 1851 para incentivar la producción local, a través de un ritual que de forma similar a las grandes capitales publicitaba las bonanzas del progreso; fue la primera en el país. En la inauguración de la XXVª exposición en 1884, el presidente de la Junta de Exposición expresó de la siguiente manera su importancia:

Al inaugurar la XXVª Exposición del Estado, hice los votos más fervientes porque ella pudiera conquistar en la historia no solamente el renombre de haber sido la primera en el tiempo, respecto de las instituidas en la República, sino también que fuera la más fecunda en sus resultados prácticos.3

Se buscó emular a las exposiciones del viejo continente de carácter nacional o regional, con una tradición iniciada a finales del siglo XVIII con Inglaterra y Francia, al celebrarse exposiciones de productos industriales. Para Paredes (1992) la prehistoria de las exposiciones se encuentra en Londres, Praga y París; de la primera ciudad es de destacarse la labor desde 1757 de “la Sociedad para el Fomento de las Artes, las Manufacturas y el Comercio de Londres, así como la Exposición Industrial de Praga en 1791, o los 110 expositores que se dieron cita en Parías en 1798” (p. 23). De esta forma, mientras Inglaterra dio origen en 1851 a la tradición de las exposiciones universales por su economía liberal; Francia marcó el inicio de las exposiciones nacionales a partir de 1798 (López, 2017, p. 39), marcando un hito para las futuras exposiciones basadas en la industria y de carácter internacional.

La primera exposición industrial, celebrada en París en 1798, merece un lugar de honor en los anales de la cultura humana. Esta exposición es la precursora de los cientos de exposiciones industriales nacionales e internacionales que se han celebrado en todo el mundo, desde 1851 hasta la actualidad. Nacida de la confluencia de tradición y revolución, la Exposición Pública de Productos de la Industria Francesa puso en marcha uno de los grandes rituales del progreso - la creencia en la aplicación de la tecnología para la mejora de la calidad de vida - que distingue a la civilización occidental. (Chandler, s.f.)

En Aguascalientes, la prensa local de la época explica cómo el declive de la exposición de casa encontró su causa en la canalización de los recursos y esfuerzos para participar en los certámenes internacionales, además de que no pudo competir con las celebradas en otras ciudades o entidades del país (Terán, 2023). Sin embargo, desde el terruño hidrocálido, la importancia de sus exposiciones radica en el hecho de que fueron las primeras en toda la república; es decir, estamos hablando de aquellos hombres pertenecientes al grupo de liberales en el ámbito local que impulsaron el proyecto de las exposiciones. Ellos representaron la punta de lanza de una tradición que después se fomentaría en otras ciudades nodales del país. En cuanto a la de Aguascalientes:

La primera Exposición tuvo lugar en el mes de Abril; fue proyectada por el Sr. D. Mariano Camino, adoptada la idea y promovida la práctica de ella por el laborioso industrial y artesano Don José María Chávez, y eficazmente auxiliado por D. Jesús Terán, D. Diego Pérez Ortigosa, D. Jesús Carreón, D. Antonio Rayón y otras personas de la mejor sociedad de Aguascalientes.4

En una nota publicada en El Republicano, Carlos M. López, presidente de la Junta de la Exposición de 1874 a 1877, manifestó que en Aguascalientes se estableció la primera exposición de la república, impulsada por amigos que ya habían muerto, refiriéndose a Chávez y Terán seguramente; sin embargo, también expresó el tiempo valioso que México perdió antes de comenzar a celebrar exposiciones, afirmando que los mexicanos fueron imprudentes por dejar pasar tanto tiempo desde la consumación de la independencia, ya que las exposiciones eran iniciativas para fomentar e impulsar las industrias y las artes.5

Agustín R. González (1881/1986), el historiador hidrocálido decimonónico y liberal por excelencia, escribió sobre la primera exposición en su libro Historia del Estado de Aguascalientes, para lo cual primero expuso el complejo contexto de 1850-1851, caracterizado por la inestabilidad política, la pérdida de cosechas, escasez de semillas y la epidemia del cólera. No obstante, la exposición significó un destello de luz, así la expresa el autor:

De aquel foco de injusticias y de intrigas, de aquel receptáculo de odios surgió un pensamiento feliz, brotó una idea salvadora, como de un terreno fangoso brota la verde planta que produce bellísimas flores. D. José María Chávez inició, y aceptaron los suyos con entusiasmo, un proyecto de exposición de artes, industria, agricultura y minería. Todos ellos perseveraron en su proyecto, tuvieron la energía necesaria para realizarlo; adquirieron recursos; publicaron reglamentos, avisos, etc., y tuvieron la patriótica satisfacción de que el concurso industrial que tanto honra a sus autores y al Estado, fuese un hecho en 1851. El éxito superó a las esperanzas: encontraron estímulo el talento, la aplicación y el trabajo; se palpó el desarrollo de los ramos de nuestra riqueza, y por toda la República repercutió el himno entusiasta que entonó Aguascalientes en loor del progreso, en aquella fiesta que celebraron las clases productoras. (González, 1881/1986, p. 130)

A manera de hipótesis se plantea que Aguascalientes celebró su primera exposición cuando todavía estaba en su proceso de separación del estado de Zacatecas, para afianzar su identidad como territorio industrial y comercial, diferente a la de Zacatecas, de vocación minera.

Si Londres fue la primera en celebrar exposiciones universales debido a su desarrollo tecnológico, Aguascalientes lo hizo debido a su vocación industrial, mercantil y comercial; de este modo emuló a las exposiciones regionales de Europa, que fueron anteriores a las universales. Tal vez fue una manera simbólica de terminar de zanjar su separación con Zacatecas, tras un proceso iniciado en 1835. Este proceso culminó con el establecimiento de Aguascalientes como departamento en 1853 durante el centralismo, y su pleno reconocimiento como entidad federativa en la Constitución liberal de 1857 (Instituto Nacional de Estadística y Geografía [INEGI], 2024, p. 55).

El porqué de la celebración de la exposición, cuando todavía se pertenecía a Zacatecas, tal vez tiene que ver con la relación de los políticos hidrocálidos con los zacatecanos, una relación no necesariamente armónica; por ejemplo, en la década de 1820, los letrados de Aguascalientes dirigieron una petición al Congreso local para instalar una junta filantrópica con el propósito de fomentar las artes, la ciencia, la industria y el comercio. Los diputados contestaron con una negativa argumentando que la Sociedad Patriótica de Amigos del País de Zacatecas cumplía a cabalidad con dichos propósitos. Por supuesto, los hidrocálidos se inconformaron, por ende, la celebración de la exposición hasta 1851 precisamente pudo ser una respuesta cultural a una serie prolongada de viejos agravios políticos. Algunos de los hombres que se involucraron con el proyecto de las exposiciones, fueron firmantes de la primera Constitución del Estado emanada del Congreso Constituyente local.

En diversas notas se externó el orgullo que sentían integrantes de la clase política de Aguascalientes por sus exposiciones y por iniciar una tradición en el nivel nacional. Los discursos pronunciados en este marco forman parte de un nuevo momento liberal, el reconocido por la nueva tradición positivista que se distanció del primer liberalismo con fuerte peso en el constitucionalismo.

De este modo, de 1851 a 1891 se llevaron a cabo en el marco festivo, abrileño y primaveral de la temporada o función de San Marcos una serie de eventos conocidos bajo el nombre de “Exposición de industria, agricultura, minería y objetos curiosos”; el momento de máximo esplendor fueron las ceremonias de premiación, en las cuales se daban cita los grupos ilustrados de Aguascalientes que incluían a productores locales, políticos, escritores, maestros, artistas, alumnos de la Escuela de Agricultura y después del Instituto de Ciencias y alumnas del Liceo de Niñas, participando en diferentes roles como organizadores, jurados, expositores, oradores y, por supuesto, espectadores. Se trató de un evento público ritualizado en una nueva práctica propia de la ciudad moderna para alcanzar el estado de civilización que otras grandes urbes habían demostrado. En palabras de Bernal (1928/2005), periodista e historiador de la época, las exposiciones “no solo llamaron la atención general por su excelente organización y felices resultados, dieron a las hermosas fiestas primaverales más lustre y animación; como que despertaron general entusiasmo entre los señores agricultores, ganaderos e industriales” (p. 144).

En los certámenes de la temporada de San Marcos, sus organizadores se esforzaron por difundir una imagen progresista atada con la noción de paz y tranquilidad social; desde la tribuna, se promovió construir una identidad propia de Aguascalientes. Agustín R. González, personaje clave involucrado en el proyecto de las fiestas del saber y la inteligencia en Aguascalientes, expone que José María Chávez plantó “la idea salvadora” de la celebración de exposiciones para la entidad, a la que se sumaron otras mentes liberales que tuvieron la encomienda de elaborar y publicar reglamentos y avisos, además gestaron la idea patriótica de llevar a cabo el evento durante la temporada de San Marcos, concretándose el primer certamen en 1851 (González, 1881/1986, p. 130), en medio de intrigas, epidemias, pérdida de cosechas y de un amenazador presente: “ganamos en reputación, en gloria; los estados fijaron sus miradas en aquel partido de Zacatecas y se adquirió la conciencia de nuestro valer” (p. 130).

Si Zacatecas había sido golpeado en 1835 y castigado con la pérdida del partido de Aguascalientes y de su Casa de Moneda, entre otras graves consecuencias para su tradición liberal, en Aguascalientes se buscó forjar una tradición progresista persiguiendo el perfeccionamiento de los elementos morales, materiales y espirituales del pueblo. Mejorar y perfeccionar fueron sus propósitos donde estaba asentada la tradición clásica de acumular conocimiento. Para Nisbet (1998), “el respeto que se siente por la razón, el conocimiento y la ciencia es tal, que resulta casi inevitable que los criterios que juzgan el progreso humano derive de estos valores” (p. 18).

En los discursos de las exposiciones, se usó y abusó de la palabra progreso al grado de convertirse en estereotipo o lugar común; el resto de fiestas cívicas se contaminó con la filosofía del progreso bajo una idea de historia lineal, ascendente, dividida en cuatro periodos: el pasado prehispánico glorificado para identificar raíces propias; los 300 años de presencia española en donde la Nueva España vivió la historia de la sujeción y explotación; la emancipación continuada por 50 años de violencia, caos y anarquía, para contrastar con el último periodo caracterizado por el progreso, la liberación de la ciencia, la tecnología, el arte para alcanzar la sociedad perfecta y la felicidad social.

Tenorio (1998) plantea la evidente dicotomía entre la realidad y la ficción, donde las exposiciones efectivamente mostraban los grandes avances de la ciencia y el arte; sin embargo, no necesariamente sus bondades llegaban a todos, dichos certámenes intencionalmente ocultaban contradicciones del modelo capitalista y a su vez exhibieron una visión idílica del progreso.

Este tipo de actividades de impulso al progreso fue una manera de uniformar y dinamizar al territorio nacional, pero bajo una realidad social altamente diferenciada en su estructura, lengua, etnias, tradiciones y cosmovisiones.

Las formas de la filosofía del progreso en los discursos de las exposiciones

La filosofía del progreso se tradujo en varios proyectos impulsados por la clase política local; por ejemplo, la construcción de las vías de ferrocarril - el caballo de acero, símbolo por antonomasia del progreso - asociado al dinamismo comercial, generador de rutas, imagen de rapidez, consolidación de ramajes en la comunicación. El primer kilómetro de vía en Aguascalientes fue una realidad en 1878 (Gómez Serrano, 1995 p. 20); en el periodo que va de 1898 a 1903 se construyeron los Talleres de Generales de Construcción y Reparación del Ferrocarril Central Mexicano, los cuales “se convirtieron en poco tiempo en el detonante para la explosión industrial y urbana de la zona” (Barba, 2022, p. 20). Fue un proyecto de gran envergadura para Aguascalientes por su importancia en el nivel nacional, pues significó reconocer la importancia geográfica de la entidad respecto del territorio nacional, por su ubicación estratégica en el centro del país. Un segundo ejemplo se encuentra en el fomento a la instrucción pública, con la implementación de la enseñanza positiva (positivismo) y la fundación de escuelas de estudios secundarios o terciarios como la Escuela de Agricultura en 1867 - que se convirtió en el Instituto Científico y Literario - y el Liceo de niñas en 1878, ambas instituciones educativas representaron los espacios para la formación de ciudadanía y de la clase ilustrada de Aguascalientes, la primera destinada a los varones y la segunda a las mujeres; cabe aclarar que tanto maestros como alumnos de ambos planteles participaron de diversas formas en las exposiciones, por ejemplo, discursos pronunciados por maestros y alumnos del Instituto, exposición de objetos por parte de las niñas del Liceo, o el caso de la directora del Liceo Rosa Valadez, quien llegó a fungir como jurado calificador. De esta forma, los proyectos asociados con fincar la idea de progreso se articulaban gracias a las sociabilidades de los grupos locales de élite. Finalmente, otro referente, son las exposiciones como escaparates para transmitir la idea de progreso.

El Republicano se constituyó en un periódico que mostraba la posición del “liberalismo triunfante” - al dar cuenta de la posición del grupo en el poder -, se convirtió en un espacio donde “escritores y políticos de la época plasmaron sus ideas y sus inquietudes literarias” (Muro, 2006, p. 148) como su propio redactor, Agustín R. González, además de Jesús Díaz de León, Blas Elizondo, Jesús Bernal y Manuel Gómez Portugal, entre otros. Pertenecientes a la élite liberal, se sumaron a la idea de un Aguascalientes próspero a través de la instrucción pública, el trabajo, las innovaciones en la agricultura, la moderna minería y los pequeños talleres, la defensa de la propiedad, el fomento a las artes y las mejoras en obra pública como hospitales, alumbrado, medios de comunicación y transporte.

En los discursos difundidos principalmente por El Republicano - en algunas emisiones también se publicaron en periódicos como El Instructor y El Porvenir -, se observan dos posturas: la defensa del proyecto liberal (para que el grupo local de los liberales se legitimara y continuara en el poder) y la fe en la filosofía del progreso, que dicho grupo acogió como una forma de lucha contra las viejas instituciones del antiguo régimen. Básicamente en el discurso de las ceremonias de premiación de las exposiciones se pretendía favorecer la vocación por el trabajo como impulsor de la economía y la instrucción pública como un semillero de hombres que llevarían el progreso a la entidad.

En palabras de Enríquez (2018), la idea de progreso en el siglo XIX mexicano se considera uno de los fundamentos filosóficos en la construcción del proyecto de nación, en su camino hacia la modernización y, por ende, en el alejamiento del orden colonial, convirtiéndose en “el referente conceptual en torno al cual se desplegaron distintas perspectivas, corrientes de pensamiento y grupos sociales que las adoptaron” (p. 119). Por ejemplo, dos de las posturas filosóficas que llegaron a México fueron la de Spencer y la de Comte.

Una de las formas en las que se concretó la filosofía del progreso fue a través de los discursos, mediante los cuales se transmitió una idea optimista de dicha filosofía, sin tomar en cuenta diversas problemáticas sociales vinculadas con las condiciones de la existencia material de la clase obrera y la insalubridad en las ciudades, por mencionar un par de ejemplos. Los impulsores de las exposiciones fomentaron un discurso maniqueo sobre las bonanzas del progreso.

El progreso se explica a partir del desarrollo por etapas. Filósofos y teóricos de la época lo describen como el proceso mediante el cual las naciones transitarían por diferentes fases hasta llegar a la cima, asociada con la armonía, solidaridad, bienestar y la felicidad social. No obstante, existieron voces detractoras como Freud, Nietzsche y Spengler, entre otros, quienes vieron mayores desigualdades, decadencia, dominio y control, como consecuencia de las dinámicas asociadas con la industrialización y el liberalismo económico. Sin embargo, a pesar de dichas voces, el discurso dominante de la época se basó en el progreso desde su perspectiva más optimista: todos prosperarían, se terminaría la pobreza, las relaciones entre las naciones serían de cooperación y armonía. “Los avances científicos y tecnológicos mostrados en las exposiciones tienen relación con los cambios y mejoras en la vida social” (Herrera, 2016, p. 46).

Así, el discurso decimonónico dominante, como lo explica Herrera (2016), necesitaba de canales de difusión para transmitir el tipo de sociedad industrial colonialista y la noción de una naturaleza posible de transformar gracias al avance de las ciencias y sus aplicaciones, por lo que las exposiciones representaron un medio idóneo para comunicar la ley inmutable del progreso, valiéndose de los discursos pronunciados por las personas involucradas en los eventos y que comulgaban con la misma visión positiva.

“Un discurso que requiere desarrollar estrategias de difusión persuasivas y diseña espacios privilegiados para la celebración del orden mundial basado en el progreso” (Herrera, 2016, p. 11); en tal sentido, las exposiciones se convirtieron en eventos para celebrar y difundir la idea de progreso. Lo anterior lleva a discutir las características del discurso de las exposiciones, en particular las de Aguascalientes, asociadas con una identidad mercantil y comercial de la entidad vinculada con el progreso; identidad forjada desde su pertenencia a Zacatecas. En las memorias de gobierno de Zacatecas se escribe sobre la vocación comercial y agrícola del partido de Aguascalientes, alejada de la personalidad minera zacatecana. Por tal razón, se afirma que el proyecto de las exposiciones hidrocálidas, con sus discursos optimistas sobre el progreso, fue una estrategia para tomar distancia de Zacatecas.

El discurso remite a diversidad de prácticas del lenguaje fundamentales en la construcción social de la realidad y las identidades; para el caso de Aguascalientes, en una dinámica local que buscaba una proyección más allá del contexto de la entidad.

Respecto de las exposiciones de Aguascalientes, ¿con qué tipo de discurso nos encontramos? Con base en la clasificación aristotélica del discurso, este se divide en judicial, deliberativo y epidíctico. Durante las ceremonias de premiación dominó el elogio y encomio en las palabras pronunciadas; por lo tanto, el discurso de las exposiciones es epidíctico al “poner ante los ojos la grandeza de la virtud” (Aristóteles, 1990, p. 249). Se alaba a las personas y al fruto de su trabajo, porque gracias a él se avanza por la senda del progreso. Empero, también se encuentran elementos de los otros dos tipos de discurso: el judicial se manifiesta cuando se juzga el pasado colonial retrógrada, los tiempos de esclavitud, el conservadurismo y la guerra; anclas que no permiten el avance. Este tipo de discurso se encuentra en la primera etapa de las exposiciones (décadas de los cincuenta y sesenta; con el tiempo de la paz porfiriana se va difuminando). Por otro lado, en lo relativo al discurso deliberativo, caracterizado por el consejo y la disuasión, se observa el llamado de atención a las clases productoras locales para abandonar prácticas rutinarias y tradicionales e innovar en pos del progreso de la entidad.

En las exposiciones hidrocálidas, en congruencia con los eventos celebrados en diferentes latitudes del mundo, se impuso como dominante el discurso del progreso, la idea de avanzar para llegar al estadio ideal de desarrollo. En la ceremonia de 1861, Agustín R. González tomó como punto de partida la guerra, aludió a los tres siglos de “esclavitud” de la época colonial, relató después los 50 años de anarquía de aquel México convulso en las décadas subsecuentes del establecimiento de la república en 1824, para llegar finalmente al tiempo de la paz; planteaba que el mexicano conquistó con su sangre el principio de la reforma, el derecho de la libertad y la ventura del progreso.6 También aprovechó la ocasión para externar sus comentarios sobre el partido liberal, explicaba que finalmente triunfó porque era el partido del progreso y sería el que lograría consolidar a la república.

Centrándonos en la filosofía del progreso asociada con el avance de las ciencias, el médico Manuel Gómez Portugal en su discurso de la XXVª Exposición, expresó lo siguiente:

Actualmente, Señores, la civilización y la cultura nos envuelven por todas partes, proporcionándonos una suma de goces y bienestar desconocidos de nuestros antepasados; sibaritas del siglo presente, disfrutamos la herencia de muchas generaciones que duermen el eterno sueño de la muerte, después de haber cumplido su misión y dado su óbolo a la felicidad común. Tenemos a la mano todas las refinaciones del progreso: el vapor que acorta las distancias y borra las fronteras, acercando los pueblos más lejanos y llevando y trayendo los productos más diversos de una y otra zona, haciendo la fusión de razas y apretando más y más los lazos del cosmopolitismo universal. La electricidad que transporta nuestro pensamiento a millares de leguas con la rapidez del rayo y pone en conexión uno y otro hemisferio, a través de las encrespadas olas de los océanos, marchando sumisa y obediente sobre delgados hilos de alambre. La asombrosa diversidad de las máquinas, por medio de las cuales se ahorran tiempo y trabajo, haciendo más provechoso y realizable el progreso humano. Las maravillas que la moderna industria nos ofrece cada día para nuestra satisfacción y orgullo.7

Los temas o categorías del progreso en los discursos fueron la educación y la instrucción pública, la añoranza del modelo clásico de la antigüedad, la emulación, la Providencia, el trabajo, el principio de la inevitabilidad, la civilización, la mujer y el arte.

Para Foucault (2002) el discurso produce objetos de conocimiento, no son las realidades dadas; aun así, permiten su construcción y representación. Esos objetos de conocimiento son lo que identificaremos como los temas o categorías del progreso, solamente comprensibles en determinados contextos históricos; para nuestro caso es el siglo XIX, amante del progreso, propio de la cultura occidental y la sociedad industrial. La importancia del discurso radica en la producción de lo que se habla, y en las exposiciones podemos observar cómo se definió lo verdadero y legítimo; en otras palabras, la inexorable ley del progreso con su visión optimista de mundo. En la lectura y relectura de los discursos el gran tópico es el progreso y, en torno a él se identifican y relacionan los temas (objetos de conocimiento) que permiten su comprensión y constituyen un entramado de conceptos colmados de sentido.

Repasemos el peso de cada tema o categoría del progreso, sirviéndonos de los fragmentos de discursos de las ceremonias de premiación recuperados.

Educación e instrucción pública, motor del progreso. Un principio rector fue la formación del ciudadano bajo el modelo positivista, para consolidar logros en materia científica y tecnológica; por ejemplo, se concebía de gran importancia la participación en las exposiciones de los alumnos de la Escuela de Agricultura y luego del Instituto Científico y Literario, sin olvidar a las niñas del Liceo, puesto que en ocasiones hasta tuvieron la encomienda de elaborar y pronunciar discursos en las ceremonias de premiación. La instrucción pública tenía dos campos para su ensanchamiento: moldear al ciudadano de cara al bien común en una república libre y civilizada, y formar nuevas generaciones de hombres y mujeres conscientes de su responsabilidad cívica otorgándoles como armas el estudio y el trabajo útil con el propósito de impulsar la industria local. El siguiente fragmento de discurso es contundente:

La instrucción, hoy ya bastante extendida, tomará un vuelo increíble y formará la palanca poderosa que removerá los obstáculos, siendo como es, no lo olvidemos, la llave maestra que nos ha de abrir las puertas de todos los ramos del saber.8

A lo largo de los discursos y alocuciones se observa la necesidad de enseñar a la juventud tanto en la teoría como en la práctica: si a los jóvenes se les daba la oportunidad de experimentar serían grandes sus conquistas en el terreno de las ciencias; lo anterior era el sentir de Miguel Rico, maestro de la Escuela de Agricultura, al defender la postura del necesario estudio de las ciencias exactas y naturales para explotar los recursos de Aguascalientes, ya que ahí estaba el porvenir para la entidad.9

En las exposiciones no faltó la participación de las personas asociadas a las dos escuelas con discursos, poesías, exposición de objetos, jurados y miembros de la Junta de Exposición. Como ejemplo, el doctor Jesús Díaz de León, catedrático tanto del Instituto como del Liceo, presidió la Junta en sus últimas emisiones y jugó el rol de orador (Terán, 2020, p. 48), y su periódico El Instructor fue premiado en la categoría de Instrucción Pública en la exposición de 1885 (Terán, 2023, p. 139).

La añoranza y admiración por la época y el paradigma clásico. Al tratarse de sociedades que pretendieron la perfección, como la grecolatina, época dorada que abrió el curso de la historia y de la cultura occidental, los discursos elogian el modelo clásico de la antigüedad y recurren a la mitología greco-romana para enaltecer al hombre y su entorno:

Tampoco toquemos el velo de cenizas que cubre a las ciudades que duermen al pie del Vesubio, medio descorrido ya por la profana mano del hombre investigador. Allí descansa un pueblo grande por el arte; allí están confundidas en la igualdad de la muerte, la noble vestal y la impúdica bacante, sorprendidas tal vez en los momentos más bellos de la vida. A su lado y como una profanación del arte, las apolíneas estatuas que decoraban los suntuosos pórticos de los teatros. Como si no tuvieran esas ciudades otra misión sobre la tierra después de su pasada grandeza, siguiendo el orden fijado por Dios a la naturaleza, terminaron en una catástrofe su existencia, cual si sus restos fueran necesarios para dar vida a otras naciones.10

En la cita precedente se reconoce el legado y grandeza de las culturas griega y latina de la antigüedad, como un ejemplo de sociedades civilizadas que a pesar de su declive trascendieron.

Las menciones a deidades, héroes, figuras y pasajes de la mitología e historia de Grecia y Roma, se muestran como arquetipos que han estado presentes en las letras de la cultura occidental; de tal modo, los discursos de las exposiciones con sus oradores formados en la retórica clásica no son la excepción, al hacer palpable su admiración por la cultura asociada con el canon en el arte, el surgimiento de la filosofía y el amor por la sabiduría. En pocas palabras, una cultura concebida como modelo de perfección.

La emulación. No era necesario buscar un nuevo camino hacia el progreso, bastaba con seguir a las civilizaciones y modelos más desarrollados. En Aguascalientes, en el nivel discursivo, se siguió en particular las proyecciones de Francia e Inglaterra, no así de España, asociada con el antiguo régimen. De la Francia revolucionaria, los valores republicanos; de Inglaterra, su avance capitalista expresado en su capacidad industrial e innovación tecnológica. De este modo, la retórica de las exposiciones mantuvo abierta la invitación a seguir los pasos de las dos primeras potencias porque representaban los máximos exponentes de los valores de la libertad, la igualdad, el amor por el trabajo, la inventiva y el progreso:

Contemplad a la Inglaterra, esa pequeña isla en el mundo geográfico, que rodeada de implacables enemigos, avanza día a día sin retroceder jamás, dando el ejemplo sin igual de ser la dominadora y subyugadora de millones de súbditos, por su industria y su comercio.11

La mención de Inglaterra en los discursos era emblemática por ser la cuna de las exposiciones universales; se hacía alusión Hayde Park - sede de la exposición de 1851 - como el inicio de una tradición impulsada por un pueblo ilustrado, ingenioso y talentoso. Los habitantes de Aguascalientes, al igual que los de Londres eran amantes del progreso.12

El modelo a seguir se basaba en el eurocentrismo; no obstante, Estados Unidos también era objeto de admiración:

Los lauros que conquista el genio, pertenecen a la patria donde vio la luz, por esta la gran República se enorgullece de ser la patria de Morse, de Franklin y de Edison, y sucesivamente las naciones que sirvieron de cuna a los hombres más notables en las ciencias y en las artes, guardan un culto más reverente a estos que a aquellos que conquistaron su celebridad entre el fragor de los combates.13

Emular a las potencias de occidente se tradujo en admiración y reconocimiento del progreso, modernidad y civilidad que representaban, por ser modelos de desarrollo en los ámbitos industrial, tecnológico, científico y cultural. Este objetivo de emular trajo consigo la necesidad de legitimación de aquellas naciones consideradas menos desarrolladas, a través de su integración al concierto de naciones. Celebrar exposiciones en las latitudes del sur es un ejemplo de ello.

La visión providencialista. Pese a que los discursos de las exposiciones en Aguascalientes están influidos por el nuevo liberalismo positivista donde la razón, el conocimiento y la ciencia son sus elementos de identidad, no dejó de estar presente una carga providencialista: Dios como supremo artista y hacedor del universo. Su plan conllevaba grandes logros en materia de ciencia, tecnología y avance industrial; por lo tanto, el arribo a la etapa del progreso se traduce en el punto de llegada de la obra creadora. El progreso no es un accidente ni se debe de manera exclusiva a la laboriosidad de los hombres, sino es parte de un plan creador divino que coloca a los hombres y su desarrollo dentro de un esquema universal armónico.

El alma se siente conmovida al ver premiar los sacrificios de los buenos hijos que por su inteligencia, adunada con el trabajo, vienen a ornar de gloria la frente de la patria, al par que la suya. Manifestémosles nuestra gratitud, estimulándolos a que sigan fieles y perseverantes hacia el destino que la Providencia les ha señalado, siendo la brújula que guíe a sus demás hermanos en la senda que ellos recorren, y cuyo término es la libertad y la independencia, por medio de la civilización.14

En palabras de Cesáreo L. González, durante la distribución de premios en la XXVIª Exposición, el poder público recaía en personas ilustradas y honradas, las cuales asegurarían el porvenir de Aguascalientes, escrito en las páginas del libro del Todopoderoso.15

La fe en el trabajo. Gran motor del desarrollo y del progreso, solo a través del trabajo y de aquellos hombres dedicados al él, desde el minero hasta el empresario, desde el agricultor hasta el artista, cada uno desde su propia trinchera, dedicada al trabajo, impulsaría el desarrollo de la entidad.

La retórica cívica que emplearon quienes elaboraron los discursos promovieron la imagen de un estado de Aguascalientes industrioso en donde el trabajo redimía al hombre, además de volverlo socialmente útil. A la vieja tradición obrajera de innegable importancia, se agregó en la etapa porfiriana con gran fuerza la presencia de los modernos talleres industriales como el ferrocarril, signo propulsor de progreso, articulación, movilidad, intercambio regional, nacional e internacional.

La idea no es nueva, viene de una larga tradición de la ilustración hispanoamericana que defendió el trabajo de los hombres y la idea del hombre útil para lograr lo que entonces se conoció por “la felicidad de la nación”. Lo que hace vincular la idea progresista de la sociedad en las últimas décadas del XIX, con la idea organicista que fomentó el espíritu de la ilustración: todos los cuerpos sociales eran parte de un cuerpo mayor, mientras que los labradores eran los pies, los funcionarios eran el corazón y el rey la cabeza. En ambos paradigmas se pretende la inclusión de todas las partes y su óptima articulación, tal como lo expresó analógicamente Benito Jerónimo Feijoo en su Teatro Crítico Universal.

El fin de la historia. Como respuesta al plan divino y al de la naturaleza, por ley inexorable, el hombre tenía que arribar a una etapa superior de la historia, liberado de cadenas, de supersticiones y de retrocesos. El hombre a través del trabajo llegaría a la época de bienestar social que presumía la filosofía del progreso; los pueblos estaban predestinados a ello, era su sino al ser una ley inevitable. Sus circunstancias y tradiciones se resumirían, después de un largo recorrido, por el camino de la progresión. En esta óptica y con su llegada al progreso como sociedad liberada y civilizada, es que se reconoce el dominio del hombre sobre la naturaleza; un fragmento del discurso del gobernador Jesús Gómez Portugal es una muestra: “La humanidad tiene un destino que cumplir: dominar a la naturaleza. Pero para dominarla y asimilarse sus recursos, necesita el hombre de la inteligencia que descubre, y de la voluntad que no se desalienta”.17 Esos son sus motores, de ahí su resultado. Un discurso unidireccional que ocultaba viejas tradiciones, vicios, ocios y retrocesos. El avance era, por el contrario, luminoso, voluntad, inteligencia y un punto de llegada visible, irrenunciable porque a ese punto y solo a ese, podía alcanzarse la liberación y el progreso.

Esta concepción teleológica es promovida no solo por los discursos de las exposiciones, sino por la cultura cívica. Las épicas del progreso responden a una pedagogía de la nación que va tomando su definición en cómo concibe a la historia, por etapas sucesivas mejorables en donde el presente es mejor que el pasado y el futuro será mejor que el presente. Los hombres del porfiriato sostienen este concepto evolutivo y progresista de la sociedad al afirmar que su desempeño administrativo y político ha dado mejores resultados que el caótico siglo XIX de sus primeras décadas, pero a la vez, prevalece la idea de que sientan las bases para una república progresista que necesariamente será mejor que la anterior.

La civilización liberadora y redentora. A través de las exposiciones se proyectaba la imagen de civilidad ante el otro, para insertarse en las tendencias marcadas por aquellos pueblos considerados civilizados como los europeos y el estadounidense, y alejarse de las connotaciones relacionadas con el salvajismo, la barbarie y el oscurantismo. En la filosofía del progreso los cambios se conciben graduales, naturales e inexorables, refieren a la tendencia intrínseca a pasar por una serie de fases de desarrollo. Si otras sociedades pasaron por eso y llegaron al progreso, había que seguir su modelo. De este modo, en los discursos se mencionaron las fases del salvajismo, la barbarie y la civilización definidas por Morgan (1877/1986, p. 77), caracterizadas por las innovaciones técnicas. En otro tenor, Comte (2004, pp. 29-30) insiste en el cambio, tomando como factor la ascendencia del movimiento histórico y desarrollo de las sociedades a través de tres etapas: la teológica, la metafísica y la positiva. Se anhelaba una sociedad refinada y sofisticada; es decir, civilizada, como movimiento y tendencia natural de la evolución de la humanidad.

De poco valen los rudos trabajos corporales si a ellos no se aduna la inteligencia, y estériles serían las investigaciones de ésta, sino fueran secundadas por el incentivo de una recompensa subjetiva o de un futuro bienestar más o menos lejano. La naturaleza altiva y desdeñosa, salvaje y cruel en sus furores, pide para ser dominada, no la debilidad y la molicie, ni menos el quietismo y el temor, sino la viril energía, la actividad febril y la audacia. Toda la historia de la humanidad está llena de esos tremendos choques entre el hombre y la naturaleza, de esas titánicas luchas que ha sido preciso emprender para levantar una punta del velo a esa matrona arisca y pudibunda.18

Precisamente uno de los objetivos de la exposición consistió en fomentar los avances de Aguascalientes, ya que era un pueblo que todavía estaba en la primera etapa de desarrollo (la niñez); sin embargo, se identificaba el faro que guiaba hacia la meta de la civilización. Así era el sentir del presidente de la Junta de la Exposición de 1875, Carlos M. López.19

La mujer como un ente indispensable en el porvenir de la nación. En el siglo XIX se convirtieron en temas relevantes ante la opinión pública, la naturaleza de la mujer y su necesaria instrucción. El espacio de las exposiciones se convirtió en una tributa que abonó dicho debate; en el siguiente fragmento de discurso se aborda el tema.

Otro de los beneficios del progreso es el paso que ha dado la mujer penetrando con paso firme en el santuario de la ciencia y el arte. Hoy la vemos hacerse lugar entre los que se disputan con noble emulación el premio acordado al genio y al trabajo; y de hoy más no será el adorno de una casa como lo ha sido hasta aquí, sino la dulce compañera del hombre, la instruida madre de familia…. Con la instrucción, la mujer caminará la sociedad regenerándola de un más brillante porvenir.20

En las exposiciones fue significativa la participación de las mujeres, en concreto de las niñas y profesoras del Liceo de Niñas, y de familiares, como el caso de Ángela Bolado, esposa del doctor Jesús Díaz de León. Tanto las niñas como Bolado expusieron acuarelas en la última exhibición, la de 1891.21 Las mujeres asociadas con la producción artística era un signo de refinamiento y civilidad; las personas del llamado sexo débil no podían quedar al margen de la marcha del progreso.

El arte como arma para la liberación. El arte se traducía en lo más elevado y sublime del mundo civilizado, lo más exquisito y sofisticado de las sociedades refinadas; los discursos publicados en El Republicano expresaron de manera insistente el principio de que solo a través de las Bellas Artes, y en especial de una disciplina considerada arte mayor como lo era la escultura, se llegaría al punto cumbre del progreso. A continuación, se ilustra en un fragmento leído por Macedonio Palomino en la exposición de 1871, cómo la poesía en su contenido rendía tributo al progreso:

Aunque las manifestaciones artísticas en las ceremonias de premiación fueron la poesía y la música, la que era considerada el arte mayor por excelencia era la escultura.23 Aquí es importante puntualizar que la última exposición, la de 1891, fue dedicada solamente a las Bellas Artes; el presidente honorario de la Junta de la Exposición fue el presidente Porfirio Díaz, por lo tanto, tuvo un carácter nacional.

Fue un orgullo que participara el escultor hidrocálido Jesús F. Contreras,24 quien venía de cosechar premios en la exposición de París de 1889. En la exposición de Aguascalientes recibió tres premios extraordinarios y cuatro medallas de oro; además del molde en yeso de la futura estatua ecuestre del general Ignacio Zaragoza, presentó las siguientes obras: “Busto de Juárez” (cabeza en zinc, escultura), “Un picarillo” (cabeza de mármol, escultura), “Medalla en bronce” (presentada en la Exposición de París, bajorrelieve) y diversos bronces de arte (tiradera, lámpara pompeyana, etcétera).25 Contreras fue un hijo predilecto del porfiriato, considerado un ciudadano universal por los logros y el reconocimiento obtenido en Europa. Como nota al margen, Contreras se involucró en el proyecto escultórico del Paseo de la Reforma en la Ciudad de México; por lo tanto, su participación en la Exposición de Bellas Artes de Aguascalientes, fue una forma de volver y defender su terruño.

Los organizadores de la exposición expusieron que nuevamente Aguascalientes sería punta de lanza respecto de este tipo de eventos, ya que inició con los de fomento a las diversas ramas productivas, y ahora, con la de Bellas Artes, daría pie al tipo de certámenes que se deberían celebrar para el siglo XX. Sin embargo, fue la última exposición por tres motivos. Primero, porque no se pudo competir con otras ciudades que comenzaron a celebrarlas como Ciudad de México, Querétaro y Puebla. Segundo, como parte de la iniciativa de festejos por el centenario de la independencia se organizó un calendario de exposiciones de tal forma que en el nivel municipal se celebrarían en 1889, 1890, 1893, 1894, 1897, 1898, 1901, 1902, 1905 y 1906; en las capitales de los estados serían cada cuatro años: 1891, 1895, 1903 y 1907; el Ejecutivo federal organizaría las de carácter nacional en 1892, 1896, 1900, 1904 y 1908; el Congreso de la Unión celebraría en 1909 una continental, para cerrar en 1910 con una Exposición Universal (De Medina, 1893, p. 10). Tercero, se asocia con la participación de expositores locales en las exposiciones celebradas en el extranjero, lo que supuso, destinar apoyos económicos y logísticos en detrimento de la exposición de casa. Por un motivo o por el otro, la época de las exposiciones, para los hidrocálidos, llegaba a su término.

Los temas relacionados con el progreso, de forma articulada, representaban la médula del discurso oficial, como una manera de comprender y asimilar la nueva época de modernidad asociada con orden, paz, trabajo, inmigración, comercio internacional e industria (De Medina, 1893, p. 10), para llegar a ser como las imágenes transmitidas por París, Londres, Chicago, Filadelfia en sus respectivas exposiciones; es decir, sociedades industriosas, armónicas, estables, ordenadas, sofisticadas y poéticas.

Se transmitía un ideal de orden, en este contexto era fundamental el valor otorgado al trabajo, ya que en el discurso se defiende la idea de que los nuevos héroes de México no serían más los guerreros que habían derramado su sangre o los generales que con sus pronunciamientos podían incidir en el cambio de forma de gobierno, sino el hombre que, desde el campo, la industria, la escuela, el laboratorio, emergía como el nuevo ejemplo que permitiría la consolidación del orden liberal. En este sentido, Palti (2008, p. 296) escribe que el ideal de orden va de la mano de la concepción organicista de sociedad que se tenía en la época, influida por la filosofía positivista que a su vez planteaba el encumbramiento del conocimiento científico, como aquel que permitiría llegar y consolidar el progreso.

Pero, ¿quiénes sostenían el discurso del progreso de las exposiciones? Las élites locales constituidas por los actores vinculados con la política, las artes, la industria, la instrucción pública (el Instituto Científico y Literario, y el Liceo de Niñas), la opinión pública (editores, redactores, impresores), los artesanos y algunos pequeños productores. En general, así como la participación de México en las exposiciones universales fue un medio de propaganda porfiriana, en Aguascalientes también lo fue de la clase política local. En estos eventos se muestran las sociabilidades. Al ir desentrañando las redes, se observan relaciones familiares, políticas, fraternales en un contexto de exhibición de productos asociados con las ramas económicas (agricultura, industria y minería) y culturales (arte, educación, impresos, labores femeniles). Los oradores eran maestros y alumnos del Instituto Científico y Literario, miembros de la Junta de Exposición (encargada de la organización), los gobernadores, así como miembros de otras juntas como la de Instrucción Pública, la Auxiliar de Geografía y Estadística, la de Salubridad y la de Beneficencia.

El contexto idóneo para la celebración de las exposiciones se encontró en el marco de la feria de abril en la ciudad de Aguascalientes, ya que era el tiempo adecuado en que los ciudadanos estaban envueltos en un ambiente festivo. Y precisamente la fiesta, la alegría, el descanso, eran el escenario ideal para transmitir un proyecto político que defendía los ideales liberales y las bondades del progreso. Se premiaba en el espacio público a aquellas personas emprendedoras y laboriosas de la entidad; un evento para legitimar a las diferentes élites locales - política, económica, cultural, intelectual -. Este fue el sentido de la celebración de las exposiciones durante la verbena abrileña, proyecto de gran envergadura para la clase política local; no obstante, las exposiciones fueron muy sencillas y modestas, y la tendencia era a la baja, a excepción de la última dedicada a las Bellas Artes debido a la estrecha colaboración con Ciudad de México y el apoyo del presidente Porfirio Díaz.

Pero, si se pone atención en la tendencia a la baja, ahí se reconoce la importancia de la palabra, ya que el discurso cobijó a las exposiciones. El discurso arropaba al evento; su difusión en diversos canales de comunicación ponía el énfasis en la valía del acontecimiento como una estrategia del camino hacia el progreso. De esta forma, el discurso tuvo como objetivo el elogio (tipo de discurso epidíctico en la clasificación aristotélica), porque el evento era para reconocer y premiar a lo sobresaliente de la producción local; sin embargo, también se tradujo en deliberativo, para persuadir sobre abrazar la filosofía del progreso. Por tal razón, se encuentra la exhortación como un mecanismo de llamada de atención ante lo pobre de la producción local y en algunas ocasiones de los objetos expuestos; en otras palabras, se observa un claro binarismo: la grandeza del discurso versus lo modesto de los objetos exhibidos, en el marco de un evento de premiación similar a las veladas literarias o a las ceremonias de distribución de premios de las escuelas, fundamentales para la cultura cívica de la época.

Conclusiones

Las exposiciones son un buen indicio de la formación de la república pedagógica, pues consistieron en prácticas culturales con el propósito de transmitir el ideal de progreso, a la vez que se pretendía la legitimación de los políticos liberales ante los distintos sectores sociales. Fueron al mismo tiempo parte de la tradición cívica republicana, aquella que empezó con loas a Hidalgo y Morelos en la década de 1820 y que terminó por tributar homenajes al general Porfirio Díaz. Desde Jesús Terán y José María Chávez hasta Alejandro Vázquez del Mercado, gobernador que le correspondió la organización de la última exposición, y Jesús Díaz de León, quien presidió la Junta para organizar la Exposición de Bellas Artes de 1891, las exposiciones en la ciudad de Aguascalientes representaron una manera de concebirse a sí misma, de proyectarse ante los demás y de justificar, por ende, su lugar en la historia y en el camino de la civilización, en dicho sentido.

La celebración de los certámenes representó una estrategia para fortalecer la identidad hidrocálida desde la visión de las élites locales. Aguascalientes, al organizar la primera exposición en todo el país, se convirtió en punta de lanza y marcó la pauta. Como sabemos, el periodo de exposiciones arrancó en 1851 con los últimos años del proceso de separación de Aguascalientes-Zacatecas, en el cual se estaba consolidando una identidad propia en la tierra de las aguas termales, conformada por una población con características sociales, culturales y económicas asociadas con la vocación agrícola y comercial. Precisamente esto fue lo proyectado en las fiestas del saber, al transmitir una imagen de una entidad madura que podría salir adelante por sus actividades económicas. De este modo se explotó discursivamente ser el centro estratégico del país, en lugar de ser el margen del estado zacatecano. La primera y el resto de las exposiciones fueron una estrategia para ubicar y consolidar a Aguascalientes en el mapa de la república.

Asimismo, los certámenes del progreso se tradujeron en un espacio de transmisión de la cultura cívica, y toda la información se publicaba en los periódicos locales, principalmente en El Republicano; no se trataba de construir una nota para el periódico, simplemente se transcribieron tal cual listas de los premiados por categoría, programas de las ceremonias de inauguración y premiación, poesías y los discursos y/o alocuciones. Por ejemplo, para la última exposición, la de 1891, El Instructor le dedicó un número especial.

El progreso se convirtió en una épica en donde palabra, historia y poema se acomodaron para moldear la representación cultural del México que pretendía encontrar en la paz, el orden y el progreso su mejor condición ante sí mismo y ante el mundo. Para Aguascalientes significó una filosofía aterrizada en diferentes políticas y proyectos, así como en sus correspondientes discursos, con la finalidad de transmitir la imagen de una entidad pequeña en geografía, joven en comparación con otras entidades federativas, pero madura para caminar por la senda del progreso. Las exposiciones representaron los momentos idóneos para transmitir dicha imagen en el marco de rituales que promovían la cultura cívica.

Notas al pie:
Hemerografía
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Historial:
  • » Recibido: 22/07/2025
  • » Aceptado: 22/09/2025
  • » : 25/01/2026» : 2025Jan-Dec