Resumen:

En este artículo se aborda un problema poco trabajado en la literatura relacionada con la teoría de la historia, la filosofía de la historia y otras tradiciones que, con frecuencia, se ocupan del lenguaje de la Historia. El objetivo es responder una pregunta-problema fundamental: ¿existe el lenguaje de la Historia? Con ello se alude a si la Historia como ciencia posee un lenguaje autónomo con términos propios, o si su lenguaje se constituye sobre la base del lenguaje ordinario o común.

Para alcanzar este objetivo se analizan los planteamientos de diversos expertos en la materia, tanto historiadores como filósofos, y se propone una tesis alternativa frente a las dos posiciones dominantes en torno a este problema. El artículo es de segundo orden y se presenta como un análisis crítico de la literatura filosófica y teórica sobre la historia, en suma, de la producción académica tanto de la filosofía como de la historiografía entendidas como ciencias de primer orden.

Abstract:

This article addresses a problem that has been little explored in the literature related to the theory of history, the philosophy of history, and other fields that frequently study the language of History.

The objective of this work is to answer a fundamental research question: Does the language of History exist? This refers to whether History as a science possesses an autonomous language with its own terms, or if its language is constituted on the basis of ordinary or common language. To achieve this objective, the work will analyze experts in the field, including both historians and philosophers, and will propose an alternative thesis concerning the two dominant theses on this problem in general. This is a second-order article, functioning as a critical analysis of the philosophical and theoretical literature of history; in other words, it analyzes the academic production of both philosophy and historiography itself as a first-order science.

Palabras clave:
    • Filosofía de la historia;
    • historiografía;
    • lenguaje de la historia;
    • metalenguaje;
    • teoría de la historia.
Keywords:
    • Historiography;
    • language of history;
    • metalanguage;
    • philosophy of history;
    • theory of history.

Introducción

Durante el siglo pasado, siglo de violencia, cambios de paradigmas y una serie de transformaciones que moldearon la realidad tal y como se conoce hoy día, en tiempos de posguerra, la historia como disciplina se puso en tela de juicio, puesto que algunos filósofos - entre ellos figuras como K. Popper - de una manera u otra le atribuyeron a esta la responsabilidad sobre las tragedias ocurridas en el siglo XX. Entre todos estos cuestionamientos, como los de Popper (1995, p. 166) por las leyes y la sustentación teórica en la historia, C. G. Hempel (1997, p. 113) con los esbozos de explicación, A. C. Danto (2014, pp. 199-247) con las oraciones narrativas, y un largo etcétera, P. Gardiner (1961), filósofo analítico anglosajón, sustentó una tesis que, aunque breve, tiene cierta potencia: la historia no tiene un lenguaje teórico propio.

Todas las ciencias, sean naturales, formales o sociales, poseen su propio lenguaje teórico, e incluso, términos nuevos se implementan a ciertos estudios de primer orden como, en el caso de la biología, la autopoiesis de Maturana (1995, p. 5). Todas las ciencias tienen su propio lenguaje y sus propios tecnicismos, pero ¿acaso la historia también encaja entre las ciencias con lenguaje propio? La tesis de Gardiner (1961) afirma que esta no tiene un lenguaje autónomo, como sí lo tienen otras ciencias. Aquí, se hará el intento de desmenuzar esta tesis para corroborar si es cierto que la historia no posee un lenguaje especializado autónomo y, en caso de no tenerlo, a qué dominio lingüístico pertenece entonces el lenguaje que en ella se utiliza.

Para lograr tal cosa, se contrastará la tesis inicial de P. Gardiner con la tesis de un filósofo contemporáneo suyo, M. G. White, la cual es la razón del porqué Gardiner decidió sustentar su tesis en primer lugar.

White vs. Gardiner: ¿el lenguaje de la historia es ordinario o especializado?

La tesis de Gardiner (1961) surge como una crítica directa al filósofo M. G. White, conocido no solo como un referente de la filosofía analítica de la historia, sino también como aquel que le atribuyó tal nombre en primer lugar, según Jahromi (2021, p. 47). Aunque otros filósofos como W. H. Walsh (2006, pp. 12-23) le habían llamado ‘filosofía crítica’, fue White quien la llamó así en 1950. El argumento de White, el cual se puede encontrar en su artículo “Historical explanation” (1943), en palabras de Gardiner (1961), es el siguiente:

La segunda cuestión se refiere a un artículo intitulado ‘‘Historical Explanation’’, de M. G. White, publicado en la revista Mind en 1943. El señor White pregunta: ¿Cuál es la diferencia entre una explicación histórica y una explicación que ocurre dentro de las ciencias - por ejemplo la biología? Señala el señor White que lo característico de una explicación biológica es la ocurrencia de términos específicamente biológicos ‘‘en una forma esencial’’: y parece considerar que, en consecuencia, lo característico de una explicación histórica debe ser la ocurrencia en ella de términos específicamente históricos. Esto es seguramente falso…. (pp. 79-80)

Otros filósofos de la historia también mencionaron este pasaje del escrito de White. El filósofo W. Dray (2021) escribió al respecto:

Pero, mientras que el primer criterio considerado tenía la desventaja de permitir que demasiadas explicaciones pudieran llamarse ‘‘históricas’’, White duda de que alguna pudiera llamarse así según el criterio presente. Pues la historia es el polo opuesto al sentido de que presupone todas las otras ciencias, y no posee ningún término técnico propio; todos son prestados. Los términos que al principio pueden parecer específicamente históricos, por ejemplo ‘‘revolución’’, generalmente resultan pertenecer a la ciencia de la sociología. Como la mayoría de los positivistas, y como Popper ya había sostenido, White concluye que la historia se diferencia de la sociología solo en que aplica más que descubre las leyes de los fenómenos sociales. (p. 19)

Todas estas críticas y comentarios se dirigen a la parte final del artículo de White (1943), el sumario en el cual concluye lo siguiente:

Resumen. Una explicación histórica no es una explicación de hechos presentes en términos de hechos pasados. La determinación del tipo de explicación depende de los términos que aparezcan en ella. Debido al gran número de ciencias que la historia presupone, es difícil decir cuáles términos son específicos de la historia. Cuando podamos presentar los términos que son propios de la historia, podremos definir “explicación histórica”. Podemos estar seguros, sin embargo, de que, sean cuales sean esos términos, no serán diferentes de los términos sociológicos. La distinción habitual entre historia y sociología es artificial y no se basa en ninguna diferencia entre los tipos de términos temáticos que contienen, sino más bien en la cantidad de lógica que emplean. (p. 229; traducción propia)1

Aquí White escribe que sería difícil saber qué términos en específico son históricos; es decir, parte del lenguaje de la historia qua2 ciencia. Aun así, este defiende la idea de que solamente se puede enunciar una explicación histórica si esta posee términos específicamente históricos. Si la historia como ciencia tiene términos históricos propios, entonces esta debe tener un lenguaje autónomo conformado por estos términos. Para ilustrar, la física tiene un lenguaje propio, al igual que las matemáticas y la química, el lenguaje de estas ciencias es formal, pero da cuenta de ítems empíricos, como por ejemplo una función de onda (. La historia como tal tiene términos: coyuntura, revolución, régimen, absolutismo, etcétera, los cuales tienen como referencia estructuras, puntos de inflexión, procesos, entre otros. No obstante, ¿estos términos son suficientes para sustentar que la historia goza de un lenguaje autónomo?, ¿hasta qué punto están distantes estos términos de la jerga común? Aquí entra en juego una cuestión importante.

El problema en relación con la historia y su lenguaje es que muchos términos son convenientes y no explicativos. Tomando un caso preciso, se le llama ‘coyuntura’ a un conjunto de circunstancias que determinan el acaecer de un momento histórico de gran relevancia o no. Para que un término como este pueda sustentarse más allá de la conveniencia, dicha determinación debería explicarse rigurosamente, si no se sustenta, entonces es un término conveniente y no un término con fines explicativos. Los historiadores se han empeñado en legitimar el uso de la palabra ‘coyuntura’, explicando a través de los regímenes de larga duración cómo hay circunstancias que se pueden considerar como coyunturas al determinar la ocurrencia de ciertos hechos de gran relevancia; por ejemplo, una crisis económica o una revolución.

Para nadie es sorpresa saber que, salvo la palabra ‘coyuntura’, el resto de los términos históricos son de conocimiento popular; revolución, régimen, absolutismo, monarquía, entre muchos más, se pueden encontrar tanto en libros y seminarios de historia, como en las conversaciones de algunas personas - que no son historiadores precisamente - en su cotidianidad. Lo que tienen los términos históricos es su amplia contrastación con otras ciencias, y aquí entra en juego el argumento de Gardiner (1961) para rechazar la tesis de White:

en cierto pasaje de su English social history, el profesor Trevelyan escribe que el establecimiento de los 154 nuevos hospitales y dispensarios, durante los 125 años posteriores a 1700 ‘‘fueron el resultado de la iniciativa individual y del esfuerzo y la suscripción coordinados y voluntarios’’. Esta es una explicación histórica bona fide, pero yo no puedo encontrar ‘‘términos específicamente históricos’’ en ella. (p. 80)

La tesis de White (1943) presenta su principal anomalía en cuanto a coherencia se refiere, en esta cuestión que señala Gardiner (1961). Las explicaciones históricas no necesariamente deben estar justificadas o respaldadas por términos específicamente históricos, por ofrecer un caso de la historiadora L. A. Vélez Villaquirán (2019):

La disentería se presenta en todos los climas, pero es más intensa y mortífera en los lugares cálidos, especialmente en aquellos que están cerca de la línea ecuatorial, pues la humedad y el calor de la atmósfera favorecen sus causas (Diccionario 417). Aunque es un padecimiento que depende de la exposición de los cuerpos a la enfermedad o a factores exógenos, es común que se presente en lugares insalubres, donde los alimentos y las bebidas están expuestos a suciedad y malos olores. Uno de los factores que ocasionan la enfermedad son los miasmas emanados de los cuerpos podridos (Diccionario 391-91). (p. 173)3

Esta es la explicación del porqué se produce la disentería, una explicación de la epidemiología contextualizada a un caso histórico de Cali entre 1809 y 1810 por la historiadora Vélez Villaquirán. Para explicar porque ocurrió la disentería en Cali por aquel entonces, no se requiere el uso de términos propiamente históricos, basta con ofrecer una buena explicación que tenga coherencia y respaldo. Un párrafo después la profesora Vélez Villaquirán (2019) escribe que:

Los ediles caleños de abril de 1810 asociaban la intensificación de la disentería con la contaminación y la insalubridad que generaban los cadáveres sepultados al lado de la iglesia matriz. La gran cantidad de cadáveres que se sepultaban diariamente en la ciudad, el terreno descubierto del campo santo, la exposición prolongada de los sepulcros al sol y el agua y la profanación de tumbas hacían que aumentaran los miasmas y se propagara la epidemia. (p. 173)

Nuevamente, en esta generalización hipotética que funge como un establecimiento de hechos que puede dar lugar a una explicación causal en términos de J. Topolski (1992, pp. 485-86), no se hace mención o uso de ningún término histórico. En cambio, si se cita una obra con otro enfoque - un libro de historia económica, por ofrecer un caso - el lector podrá encontrar términos diferentes que pueden ser considerados ‘históricos’. Veamos la siguiente cita del profesor S. Kalmanovitz (2015):

Desde 1974 y hasta el final del siglo XX la economía colombiana mostró una clara tendencia hacia su desindustrialización. Este proceso, caracterizado por la pérdida relativa de peso de la industria en el conjunto de la economía, ha sido capturado por indicadores como la creación de plantas, la generación de empleo, el total de su valor agregado; y de manera más global por las inferiores tasas de crecimiento registradas por este sector frente a aquellas del PIB … Las causas inmediatas de este fenómeno se buscan comúnmente en el proceso de globalización y liberalización de la economía colombiana desde finales de los años setenta. La “retirada” del Estado de la economía, la apertura comercial y el fin de la represión financiera ciertamente afectaron el desempeño industrial, aunque no de manera inequívoca. La reducción del papel estatal se tradujo en una caída significativa de la inversión pública, especialmente desde mediados de los ochenta, que no viéndose compensada por un repunte de la inversión privada, condujo a niveles más bajos de inversión total. (p. 10)

Aquí la diferencia entre las dos citas antes expuestas radica en que la segunda explica el porqué de su caso de estudio - la desindustrialización de finales de siglo XX en Colombia - en términos ‘históricos’ que se usan mucho en la historiografía como: Estado, desindustrialización, globalización, liberalización, inversión, las siglas PIB, etcétera. En la historiografía económica estos términos son comunes en las narraciones. Nuevamente, el lector no se sorprenderá al enterarse de que ninguno de estos es propiamente histórico, pues se utilizan mucho en investigaciones, ya no solamente económicas, también sociológicas y de politología. Aun así, aunque ninguno de ellos sea propiamente histórico, eso no menoscaba la explicación del profesor Kalmanovitz, pues hace uso de evidencia para justificarla, precisamente con datos cuantitativos. Por lo que aquí la explicación no se considera como tal porque use términos ‘históricos’ o no, sino porque cumple su función: responder preguntas problema. Con estos casos debería bastarnos para descartar la tesis de White (1943) respecto de lo que él denominó ‘‘términos específicamente históricos’’ que sustenten las explicaciones históricas, pero ¿acaso la tesis de Gardiner es mejor? Gardiner (1961) expresa que:

Sería fatigoso repetir la tesis de que las terminologías científicas específicas son una función de los sistemas científicos particulares, y que la historia no nos presenta ningún sistema de este tipo. Existen, es verdad, ciertos términos como ‘‘revolución’’, ‘‘lucha de clases’’, etcétera, que parecen ser más históricos que otros, en el sentido de que se hallan en los libros de historia con mayor frecuencia que en otros lugares. Pero tales términos no son ciertamente privativos de la historia: los periodistas, propagandistas, reformadores sociales, políticos, novelistas y aun los ‘‘hombres sencillos’’ los usan fácilmente y con toda propiedad. El lenguaje en que está escrita la historia es, en su mayor parte, el lenguaje del habla ordinaria. Y, en este sentido, puede decirse que la comparación que hicimos anteriormente entre la historia y la ciencia se parece a la comparación que hicimos en la Primera sección entre el sentido común y la ciencia, aunque más adelante veremos que existen ciertas diferencias. (p. 80)

La gran mayoría de trabajos en torno a filosofía de la historia e historiografía respecto del lenguaje de la historia se han dividido de esta manera: (1) estudios sobre la estructura narrativa de los textos históricos - tanto analíticamente como tropológica y hermenéuticamente - y (2) estudios metalingüísticos sobre la permanencia y cambio del lenguaje a través de la historia - estudios histórico-lingüísticos diacrónicos. En (1) se encuentran las obras de A. C. Danto, L. O. Mink, H. White, P. Ricoeur y F. Ankersmit, y en (2) las de historiadores como P. Burke, R. Koselleck e incluso el propio M. Foucault - quien dedicó un análisis sobre el lenguaje y cómo este cambiaba en Las Palabras y las Cosas. Es menester mencionar que ni el enfoque (1) ni el (2) abordan el tema aquí trabajado. Respecto de este escenario tan confuso es posible establecer las siguientes hipótesis:

  • Los historiadores niegan que haya un lenguaje propiamente histórico.

  • Los historiadores dan por sentado que existe un lenguaje propiamente histórico.

  • Los historiadores no se ven interesados por este problema en particular, aunque sí se interesan por la relación historia-lenguaje.4

Estas hipótesis se encuentran ampliamente influenciadas en la distinción que hizo Topolski en relación con el problema de la verdad en la historiografía, el cual resulta un poco similar al que se encuentra aquí. En el caso de Topolski (1971) este expuso que:

Desde este punto de vista, podríamos distinguir tres categorías de historiadores:

  • Los que no se interesan en el desafío posmoderno y hacen su oficio ‘‘normalmente’’, sin preocuparse por el contexto filosófico.

  • Los que ven en el posmodernismo un peligro para la práctica historiográfica.

  • Los que son partidarios del posmodernismo o pretenden aplicar sus planteamientos metodológicos. (p. 372)

En la distinción entre historiadores del historiador polaco se puede identificar que los tres tipos de historiadores conviven entre sí, lo mismo se podría decir de las hipótesis que se listaron antes si se compara la literatura al respecto. A continuación, se expondrán algunos historiadores que concuerdan con las tesis antes mencionadas.

¿Qué han pensado los historiadores sobre el lenguaje de la historia?

Las opiniones de los historiadores al respecto han sido más escasas que las de los filósofos, pero no por ello inexistentes; aquí se tomarán unos cuantos casos que, aunque muy precisos y escasos, son útiles para la estructura de esta investigación. El primer caso es el del historiador L. F.Jaramillo (2005, pp. 54-82), quien en su artículo “La historia como ciencia” para la Revista de Estudios Latinoamericanos Educativos, menciona muchos intereses de la historia como una ciencia y muchos de los elementos que la conforman en cuanto a fundamentos teóricos como prácticos, entre ellos: la crítica, la interpretación, la explicación y la comprensión. No obstante, solamente se hace referencia al lenguaje de la historia una sola vez en el artículo; tal mención se encuentra en un pasaje sumamente breve:

Ahora bien, si se establece una comparación entre “las producciones de los historiadores profesionales y los científicos naturales se deduce que las primeras son inteligibles para personas sin preparación profesional, mientras que las últimas están llenas de tecnicismos que sólo un experto puede comprender”; sin embargo, “del hecho de que la historia se escriba en el lenguaje corriente, y de que no haya creado un vocabulario teórico o modelo teórico, no se sigue que pueda escribirla cualquiera”. (Jaramillo, 2005, pp. 64-65)

En esta cita se evidencia que, para el profesor Jaramillo, el factor fundamental del lenguaje de la historia no se encuentra en el propio lenguaje que la constituye, sino más bien en quién usa dicho lenguaje, o en otras palabras, el lenguaje que se emplea en la historia no es constitutivo, es contingente.5 Cuando este escribe que la historia - como narración rerum gestarum - no puede escribirla cualquiera, se refiere al hecho de que para escribir la historia de x o y, hay que realizar todo un proceso que este expone a lo largo de su trabajo, el cual representa una investigación histórica en toda regla. Sin embargo, esta es la única vez que aborda el problema del lenguaje de la historia, aunque admitiendo que la historia no tiene como tal un lenguaje especializado o teórico, en este sentido, lo que Jaramillo (2005) entiende por ‘‘lenguaje corriente’’ es equivalente a lo que Gardiner (1961) entiende por ‘‘lenguaje de habla ordinaria’’ o ‘‘sentido común’’, lo que satisface la hipótesis (I).

Otro historiador en la misma línea del profesor Jaramillo es el historiador británico G.Elton (1969), quien en su libro The Practice of History rechaza el hecho de que la historia se escriba con términos teóricos o demasiado técnicos, aludiendo a una historia más accesible para todos. Al respecto este escribió lo siguiente:

Uno debe distinguir entre la jerga y los términos técnicos. Nadie puede, ni debería, discutir el derecho medieval sin palabras como dower o novel disseisin, la Reforma sin referirse a la justificación por la fe únicamente o a la presencia espiritual en la eucaristía, ni el crecimiento de las economías industriales sin admitir los márgenes de beneficio y las tasas de interés en su discurso. La historia necesariamente abarca muchos estudios y disciplinas que son altamente técnicas en sí mismas y, por tanto, debe poseer un vocabulario técnico. Pero la historia no es en sí misma un estudio técnico en este sentido, y por eso aquellos hechizados por la precisión espuria y las falsas pretensiones de descubrimiento de leyes de las llamadas ciencias sociales la desprecian y desdeñan. Debe explicarse en términos accesibles a todos los hombres, no solo a los expertos; y si está obligada a usar términos técnicos - porque en determinadas circunstancias son los adecuados -, debe tanto comprenderlos como explicarlos. Lo que no se le permite al historiador es el uso de términos técnicos prestados sin una razón específica, empleados para sugerir una profundidad inexistente o un marco científico ilusorio, y que manifiestamente no se amplían en términos de lenguaje llano. (p. 140; traducción propia)6

Elton niega que la historia deba poseer un lenguaje teórico o técnico, puesto que para este historiador la historia no representa un estudio técnico. Para el historiador británico la historia solo debería tomar prestados los tecnicismos ocasionalmente si y solo si son estrictamente necesarios, de lo contrario se debe prescindir de ellos. Podría incluso inferirse que Elton parece estar de acuerdo con una mezcla entre el lenguaje ordinario y el especializado aunque sea ocasionalmente (tema que se trabajará más adelante), pero esto sería alejar su pensamiento al respecto de su núcleo fundamental, puesto que este desestima completamente una mezcla de este tipo y solamente la acepta cuando sea completamente necesario y no haya más alternativas; es decir, cuando la historia exige que estos tecnicismos sean implementados (constitutivamente). Aun así, estos términos siguen siendo, para Elton, tecnicismos de otras disciplinas que la historia abarca, no pertenecen a un lenguaje autónomo de la historia porque esta debe escribirse sobre el lenguaje ordinario, lo que evidencia que este se encuentra a favor de (I) como el profesor Jaramillo, con la diferencia de que este último expresa que la historia no ha desarrollado un vocabulario teórico, y el historiador anglosajón exige prescindir definitivamente de tal vocabulario. Por ende, aunque se encuentren en la misma posición, uno es más radical que el otro.

Por otro lado, continuando con los historiadores angloparlantes, C. B. McCullagh (1998) en su libro The Truth of History se enfoca de igual manera en la cuestión del lenguaje en la historia, pero orientándola en otra dirección. A McCullagh le interesa el problema del relativismo cultural promovido por el posmodernismo en cuanto a las funciones del lenguaje se refiere, su interés radica en retomar los problemas usuales de la metodología y la filosofía analítica de la historia los cuales son: la verdad, las generalizaciones, las descripciones, las interpretaciones, la causalidad y diferentes tipos de explicaciones - individuales, colectivas, sociales, etcétera - dejadas de lado por el posmodernismo. En su introducción, McCullagh (1998) deja claro este énfasis:

Estos son los dos problemas centrales que se abordarán en este libro. En el capítulo 1 sostendré que los hechos del relativismo cultural y de la relación entre el lenguaje y la realidad obligan a los historiadores a abandonar cualquier suposición ingenua de que las descripciones históricas corresponden exactamente a los acontecimientos que describen en el pasado. No obstante, existe un sentido - que definiré - en el cual las descripciones históricas pueden ser verdaderas respecto del pasado, aun cuando siempre estén formuladas dentro de los conceptos de una cultura particular. (p. 1; traducción propia)7

Aunque las preocupaciones de McCullagh se relacionan ampliamente con cuestiones de índole filosófico y lingüístico, específicamente en cómo las descripciones históricas formuladas bajo los conceptos de un lenguaje definido por una cultura particular pueden ser verdaderas, su obra no se centra en defender si la historia como ciencia posee un lenguaje autónomo o no. Se puede incluso interpretar que al afirmar que las descripciones están formuladas bajo los conceptos de una cultura particular, no hay lugar para un lenguaje autónomo que trascienda dicha particularidad. De acuerdo con su obra, se podría decir que McCullagh se encuentra en la hipótesis (III), pues este sí se interesa por el lenguaje en la historia, no obstante, no se interesa por el problema aquí expuesto, e incluso se puede inferir en que este pudiese - de manera indirecta - estar a favor de (I), pero eso sería solo una inferencia. Dicho así, si McCullagh se encuentra en (III) - y posiblemente en (I) - y Jaramillo y Elton en (I) ¿quién podría estar en (II)?

De acuerdo con (II), se puede citar a la profesora B. Wahlberg, quien ha orientado sus estudios y enfoque a la enseñanza de la historia. Para Wahlberg (2006): ‘‘la historia tiene en cierto sentido un lenguaje particular, tanto a nivel superficial como en un sentido más amplio’’ (pp. 75-76; traducción propia). Su trabajo se aleja de los enfoques aquí presentes por cuanto la profesora Whalberg (2006, p. 76) dirige su mirada a la enseñanza de la historia: los problemas lingüísticos que pueden enfrentar algunos docentes cuando se les enseña a los alumnos un lenguaje que ahora mismo es difícil de comprender. Por lo que, aunque esta se encuentre en (II), demuestra que hay historiadores y docentes de historia que asumen que esta tiene un lenguaje cuya operación reside en la enseñanza; es decir, en la historia como pedagogía y no como lenguaje autónomo de esta qua ciencia.

Continuando con los historiadores a favor de (II), P. Gay, historiador estadounidense, encaja en la segunda hipótesis, aunque este es menos explícito que la profesora Wahlberg. Según Gay (1974) en su libro Style in History la historia tiene su propio ‘estilo’, este escribe que:

Los historiadores descubren siempre, con satisfacción, que su retórica difiere de la retórica del químico o del biólogo. Pero esto no implica la expulsión de la historia del conjunto de las ciencias. Simplemente hace que la ciencia del historiador sea especial, con su propio modo de decir la verdad. Lo que debería impedir al historiador presentar sus hallazgos en el estilo seco y deliberadamente sin gracia de un artículo, digamos, de psicología clínica, no es una aversión literaria, sino el reconocimiento de que tal modo de exposición no sería sólo menos agradable que una narración disciplinada: también sería menos verdadero. El estilo es el arte de la ciencia del historiador. (p. 217; traducción propia)8

Con esto el historiador estadounidense da a entender que la historia no necesita un lenguaje autónomo como el de las ciencias naturales (primordialmente formal y empírico), la historia ya tiene su propio lenguaje, o lo que es lo mismo, su propia manera de decir la verdad. Este encaja con la hipótesis (II) por cuanto no niega que la historia posea un lenguaje propio, tampoco delega el lenguaje de la historia al sentido común, abogando por un estilo autónomo edificado sobre la retórica.

Dejando de lado a los historiadores de (I) y (II), y a diferencia de los historiadores antes mencionados, hay quienes son más difíciles de encasillar en una de las tres hipótesis. Por traer un caso, el antes citado Topolski (2022) menciona el lenguaje de las investigaciones históricas en su obra Theory and Methodology of Historical Knowledge: An Anthology en un pasaje en el que cita cómo la historiadora K. Kersten tuvo que utilizar en uno de sus libros un lenguaje ordinario para explicar la Conferencia de Postdam:

En este párrafo, que constituye una secuencia de enunciados históricos (SHS) enlazados entre sí por el tema común que fue la conferencia de Yalta, y que al mismo tiempo forma una imagen histórica (HI) de dicha conferencia, la narración es cronológica y refleja el curso de los acontecimientos. Podría titularse, por ejemplo, “El final de la Conferencia de Yalta”. Ese sería un posible nombre de un concepto (noción) histórico con un contenido teórico limitado, y al mismo tiempo el nombre de la HI que se halla detrás de él. La profesora Kersten emplea en él un lenguaje cotidiano, ya que no necesita hacer referencia a conceptos teóricos o históricos. Probablemente aceptaría una cierta inclusión (como la sugerida más arriba) de ese fragmento del pasado dentro de una noción o concepto más general. Pero en otras partes de su libro tuvo que emplear un lenguaje más diferenciado en cuanto a la conceptualización. En el pasaje que sigue, escribió sobre la conferencia de Potsdam…. (p. 176; traducción propia)9

Más adelante Topolski (2022) escribe que el uso del lenguaje en el libro de Kersten representa una narrativa que está combinada con interpretaciones:

Aquí una narración descriptiva está combinada con la interpretación (explicación de la actitud de los estadounidenses y los británicos). En consecuencia, encontramos referencias a conceptos históricos y teóricos necesarios para dicha explicación, como “estándares culturales”, concretados en el caso de los Estados Unidos (oración 7); “esferas de interés” (que es una abreviatura que remite a la teoría de las esferas de influencia en la historia política de los tiempos modernos); y “la tierra de todos”, que es una metáfora con una connotación estrictamente política (oración 9). “Dominación soviética” también funciona como un concepto (oración 9), porque resume un contenido variado. (p. 177; traducción propia)10

Básicamente lo que aquí expone el teórico de la historia es que esta narración es una síntesis entre el lenguaje teórico y el especializado, pues mantiene ciertos márgenes explicativos haciendo uso de conceptos teóricos, como la explicación de la actitud de los americanos y los británicos, pero también posee estándares culturales que son parte de una interpretación política, como lo es la metáfora ‘‘everyman’s land’’, la cual según Topolski, tiene una estricta connotación política.

Si se analizan bien los comentarios de Topolski (2022) no hay manera en que se pueda encasillarle ya sea en (I), (II) o (III), por cuanto este no niega el lenguaje de la historia ni reduce el lenguaje de la historia al dominio de la jerga ordinaria o común, pero tampoco defiende que la historia posea un lenguaje completamente técnico y autónomo como en otras ciencias, y a esto se le debe sumar también que este sí se interesa por el problema lingüístico que aquí se está trabajando, por lo que no encaja en (III). Por consiguiente, es imprescindible explicar en qué punto de la cuestión se encuentran los historiadores como este, quienes no están ni de lado de la tesis de White (1943) ni tampoco con la tesis del lenguaje ordinario de Gardiner (1961), y que sí han demostrado interés por el lenguaje de la historia. Esto no significa, de ninguna manera, que la posición de Topolski (2022) sea insuficiente o ambigua, más bien significa que se requiere profundizar en su aporte al problema para ofrecer una alternativa mucho más amplia y directa, lo que equivale a entender el lenguaje de la historia como ‘síntesis’.

El lenguaje de la historia como síntesis

Los filósofos de la historia, como Danto y Ankersmit, orientaron sus preocupaciones por el lenguaje de la historia rerum gestarum en las narraciones. La cuestión del lenguaje de la historia no fue abordada por ellos, todo estudio de la narración histórica - tanto en la filosofía analítica como en la narrativista - es un estudio de su estructura, en el caso de Ankersmit (1983, p. 96), este estudia las sustancias narrativas y los sujetos que están implicados en las narraciones históricas que construyen los historiadores. En Historia y Tropología, Ankersmit (2014) retoma el problema del lenguaje de la historia, lanzando una crítica a la filosofía analítica de la historia, crítica dirigida a su sueño de la conexión entre las palabras y las cosas, heredado de la tradición positivista del Tractatus de L.Wittgenstein (2009, pp. 73-75). Tiene razón Ankersmit (2006, pp. 139-72) en que los historiadores al usar el lenguaje no están comprometidos con las intenciones del agente, por lo que la narración no es nunca un reflejo directo de tales intenciones, solo es una representación. Aun así, ninguno de estos aportes del filósofo de la historia es sobre el lenguaje de la historia en sí mismo.

La escuela analítica y la narrativista son las que más han estudiado el lenguaje del historiador, pero no se han detenido ampliamente sobre si este lenguaje es autónomo o no. White, dos décadas después de la publicación de su artículo “Historical explanation” (1943), dirige su atención sobre otro tema, la narración histórica en su Foundations of Historical Knowledge (1965, p. 231). A continuación, se expone un ejemplo de White perteneciente a la cita anterior:

s wa A at time t1s was B at time t2s was C at time t3s was Z at time t26

Este es un ejemplo secuencial (crónico) de estados y cómo se aprecian narrativamente los cambios de estados. En este caso s es un sujeto A un estado de cosas y t el tiempo en el que s presenta este estado de cosas (A, B, C, Z). Las narraciones históricas poseen esta estructura, pero el historiador explica los cambios de estados sin necesidad de que su narración opere como una copia o reflejo de los cambios de estados y las experiencias de s. De nuevo, estas reflexiones analíticas sobre las narraciones y sobre qué lenguaje construye el historiador en las narraciones fueron muy frecuentes en la filosofía de la historia, pero no hacen hincapié en el principal interés de este trabajo.

Lo que aquí es primordial es el lenguaje de la historia qua lenguaje, no como narración. La narración respecto de este trabajo solo es de interés por cuanto esta es el medio por el cual el lenguaje se manifiesta. Una narración histórica tiene la siguiente estructura:

N:E:{S, Si,e}R_H:{h1,h2,hn}A

Las narraciones tienen estructura E, específicamente una estructura lingüística en la que se encuentran: semántica s, sintaxis si y estilo e. Los enunciados del historiador se construyen en torno a la semántica - interés de la escuela conceptual cuyo referente es Koselleck -, sintaxis - organización de los enunciados mediante un principio de coherencia según el profesor E. Trujillo (2024, p. 102) -, y estilo - interés de la escuela narrativista. Toda esta estructura representa R hechos fácticos H los cuales pertenecen a una clase amplia de acontecimientos A. Este modelo puede utilizarse para analizar cualquier narración histórica, puesto que no hay narración que no posea los elementos que conforman el modelo, todo concepto tiene significado, y todo enunciado compuesto de proposiciones veritativas posee valor de verdad o falsedad, por lo que en ellos hay semántica. De igual manera, toda narración debe estar debidamente organizada, por lo que también hay sintaxis en la narrativa del historiador. Y por último, cada narración posee estilo, no todos los historiadores escriben ni hacen uso del lenguaje de igual manera, por lo que cada uno tiene su respectivo estilo para escribir. Todo lo que conforma la narración tiene como fin representar los hechos sin ser una copia de ellos o pretender serlo, tienen un rol representativo de ellos por cuanto hacen referencia a un sector de la realidad.

Incluso teniendo todo esto claro, todavía permanece un problema: ningún modelo de la narración histórica menciona el lenguaje de la historia como un lenguaje autónomo. Esto se debe a que no hay como tal un lenguaje autónomo de la historia, pero tampoco se puede afirmar que esta se encuentra escrita sobre el sentido común. Si la narración histórica se escribiese sobre el criterio común o del lenguaje ordinario, la estructura narrativa sería tal y como la que expuso a modo de ejemplo White (1965, p. 231); es decir, una crónica secuencial-descriptiva sin más.

La tesis que aquí se tratará de justificar es que el lenguaje de la historia qua ciencia es una síntesis lingüística entre diferentes tipos de lenguajes y el hecho de que esta es contingente, como se mencionó antes, o en otras palabras, que la decisión del historiador sobre utilizar una u otra no surge por causa de la historia en sí misma, sino por una decisión subjetiva propia. Para esto primero es necesario delimitar bien esta idea.

La dualidad del lenguaje de la historia como síntesis

Tal y como se evidenció previamente con la cita de Kalmanovitz (2015), algunas escuelas como la historia económica ejercen un lenguaje en particular, usan términos especializados en específico. Este lenguaje no pertenece a la historia económica, pues muchos conceptos son ambivalentes, lo que es lo mismo que decir que estos comparten varios dominios, el de la historia y la economía. Ni el economista utiliza el lenguaje de la historia como ciencia ni la historia hace uso del lenguaje de la economía; comparten aspectos lingüísticos como conceptos y términos de referencia. Esto a primera vista da a entender que la historia toma prestados todos sus conceptos y que, por lo tanto, la historia debe valerse de un lenguaje externo a ella.

Para diferir de la tesis anterior respecto de lo último que se mencionó, se usará una cita de M. Bunge, quien en una conferencia exclamó que ‘‘la historia fue la primera ciencia social’’ (Círculo Epistémico Argentino, 2013, min. 4:50). En caso de que esto se considere verdadero, ¿no sería al contrario?, ¿qué no serían ciencias como la economía y la sociología las que toman prestados sus términos y conceptos de la historia si esta es más antigua? Por supuesto que esto sucede, aunque muchos de estos conceptos son tomados de la historia res gestae (como devenir),12 o lo que es igual, del pasado en sí mismo. La ideología, por ejemplo, es un término histórico que no proviene de la historia rerum gestarum (narración sincrónica de los hechos),13 este pertenece a la historia res gestae y por tal razón ha sido utilizada en diferentes ciencias sociales como la sociología, la economía, la psicología social e incluso en ciencias como la lingüística, las investigaciones en torno a ella son bastantes. De tal modo que todo lenguaje corresponde a la historia res gestae; este es el lenguaje del que se vale, por ofrecer un caso, Koselleck (2012, pp. 9-49) para analizar el lenguaje político del pasado. El lenguaje de la historia al que se hace referencia aquí es el lenguaje utilizado por la historia como ciencia, el lenguaje que usa el historiador. Este, constantemente, se conforma mediante el lenguaje ordinario, como lo defiende Gardiner (1961), pero esto no es tan sencillo de afirmar sin ciertos matices.

Como lo expuso Topolski (2022), la narración histórica puede valerse de una dualidad teórica e interpretativa, o lo que es lo mismo, una dualidad que puede variar entre el lenguaje teórico y el subjetivo que pertenece al historiador como sujeto cognoscente. Este tema no es novedoso, en Historia y Verdad, Ricoeur (2015, pp. 29-31) ya hizo una reflexión sobre la subjetividad del historiador y, por ende, de la historia como ciencia. La subjetividad de la historia radica en diferentes cuestiones como:

  • Los intereses propios del historiador trabajado por L. P. Curtis (2016, p. 13) .14

  • La selección y establecimiento de hechos y causas, reflexión hecha por E. Carr (1984, p. 120) .15

  • El lenguaje que utiliza el historiador (trabajado por la filosofía analítica y narrativista).16

Respecto de estas cuestiones, en la historiografía colombiana el libro Historia: Verdad, Tiempo, Acontecimiento, del profesor C. M. Torres del Río (2021, p. 9), encaró un problema común en la historia relacionado a la tercera cuestión, el lenguaje del historiador y los juicios de valor. El trabajo del profesor Torres del Río permite sugerir una pregunta problema: ¿puede el historiador implicarse en su narración? Una respuesta muy simple es: ¡por supuesto! El historiador se implica en su narración, este fue uno de los aciertos de H. White (2019, pp. 32-37) respecto de la ideología como implicación, por ejemplo. Esto se debe a que como los historiadores no poseen un lenguaje especializado tal y como sí lo tienen otras ciencias - como las naturales o formales -, son más susceptibles a dicha implicación, lo que suele ocurrir mucho en las ciencias sociales en general. En contraste con otros dominios, se puede plantear la siguiente pregunta: ¿qué tanto se implica el químico en un informe de laboratorio o en un artículo de investigación experimental? Es plausible responder: poco y nada porque el lenguaje del que hace uso la química no da lugar a implicaciones más complejas, implicaciones que vayan más allá del hecho de que el químico trazó toda la situación y manipuló los eventos para reproducir un resultado cuyo objetivo es respaldar o descartar una hipótesis.

En consecuencia, es muy importante que se estructure, de una manera u otra, el lenguaje de la historia qua ciencia para trabajar con base en las partes elementales de la estructura, las cuales son lo más importante aquí. ¿Cómo se estructura el lenguaje de la historia? Dicho lenguaje se puede estructurar como se observa en la Figura 1.

Lenguaje de la historia qua ciencia como síntesis representativa

La síntesis 1 es la que usualmente se encuentra en los libros de historia y es a la que hace referencia Gardiner (1961). Pese a esto, no hay narración histórica, por muy simple que sea, que no albergue conceptos teóricos, o al menos una referencia prescriptiva. Después de todo, la narración histórica o es producto de una investigación, o es una simple crónica descriptiva poco fiable. Las historias nacionales suelen estar escritas mediante la síntesis 1, pues se supone que estas narraciones están dirigidas a un público no especializado. La historia debe ser de libre conocimiento, toda persona tiene derecho a conocer la historia de todo lo que le rodea, sus calles, su ciudad, su país, su continente y su mundo. Esta síntesis posee una influencia del pensamiento de Elton (1969), sin mantener la exclusión de tecnicismos teóricos interdisciplinares, los cuales distinguen las narraciones de las crónicas.

La síntesis 2, en cambio, es mucho más compleja puesto que hace uso de un lenguaje teórico especializado. Este lenguaje no es único de la historia, no es adecuado decir que la historia conceptual hace uso de un lenguaje autónomo, pues esta corriente historiográfica bebe de conceptos de la lingüística y de un lenguaje correspondiente a la teoría de la pragmática y la semántica, como lo es el caso de la obra de Koselleck. Otros historiadores como D. LaCapra (2005, p. 45) acuden a un lenguaje crítico especializado y a términos del psicoanálisis. Un caso más se encuentra en el trabajo del historiador Q. Skinner (2002, pp. 21-81), quien utiliza un lenguaje teórico especializado de la teoría política. Estos trabajos difícilmente pueden ser entendidos por personas no especializadas.

Para ilustrar de mejor manera la tesis fundamental del lenguaje de la historia como síntesis, se analizarán diferentes narraciones. En el caso de la síntesis 1, existen narraciones como esta de N. Ferguson (2012):

En la ruptura del Imperio otomano y el impulso de su núcleo turco hacia el laicismo, la Primera Guerra Mundial supuso un gran espaldarazo - aunque hay que reconocer que involuntario - a los valores de la revolución científica y la Ilustración. Para asegurar la victoria, sin embargo, los británicos trataron de movilizar a los enemigos internos contra el sultán, entre ellos los árabes y los judíos. A los árabes, los británicos les prometieron reinos independientes; a los judíos, un nuevo «hogar nacional para el pueblo judío» en Palestina. Como hoy sabemos, esas promesas demostraron ser incompatibles. (p. 147)

Aquí el historiador Ferguson describe una serie de eventos y procesos, al igual que responde una serie de preguntas del tipo: ¿cómo pretendieron los británicos asegurar la victoria de la Primera Guerra Mundial? Esta pregunta la hace el historiador ‘protonarrativamente’ - antes de escribir - y la responde en su narración. Pero, hay algo aquí que de igual manera Topolski (2022) pudo identificar en el texto de Kersten, hay una dualidad entre lenguaje teórico y la interpretación del historiador. En este pasaje, Ferguson ofrece una explicación a una pregunta ‘¿cómo?’, lo cual es parte de un lenguaje teórico porque manifiesta el fundamento de una narración explicativa. Sin embargo, Ferguson acude a una analogía de este pasado con el presente, lo cual tiene una gran implicación subjetiva, el historiador en su posición cognoscente elabora un paralelo entre el pasado y el presente. Aquí se respeta la continuidad de la narración, porque Ferguson (2012) expresa que en su presente esas promesas ‘‘fueron incompatibles’’, de tal modo que estas son incompatibles para las personas de un estrato de tiempo presente, pero no para las personas a las cuales se les ofrecieron dichas promesas en primer lugar. Para evitar las discontinuidades y anacronismos, el historiador debe estructurar lógicamente su narración - i.e., principio de coherencia - y por eso la narración histórica, a diferencia de una crónica, está sustentada por la síntesis 1.

Los libros de historia que dan cuenta de un proceso histórico de larga duración, e incluso de procesos de corta duración muy del estilo de la microhistoria, son muy sencillos de leer y entender, pero no por eso se menoscaba su factor explicativo. Un caso es del E. Hobsbawm (1974):

¿Qué significa la frase «estalló la revolución industrial?». Significa que un día entre 1780 y 1790, y por primera vez en la historia humana, se liberó de sus cadenas al poder productivo de las sociedades humanas, que desde entonces se hicieron capaces de una constante, rápida y hasta el presente ilimitada multiplicación de hombres, bienes y servicios. Esto es lo que ahora se denomina técnicamente por los economistas el «take-off into self-sustained growth». Ninguna sociedad anterior había sido capaz de romper los muros de una estructura social preindustrial, una ciencia y una técnica defectuosas, el paro, el hambre y la muerte imponían periódicamente a la producción. (p. 58)

Al igual que Ferguson, Hobsbawm manifiesta en su narración la dualidad explicación-interpretación. El lenguaje que este utiliza es ordinario, pero es utilizado no para describir, sino para responder preguntas y explicar procesos. Hobsbawm dialoga desde el presente con el pasado - tradición heredada de Carr - y realiza analogías respetando los tiempos narrativos; aunque simple, su narración posee un trasfondo teórico como la de muchos historiadores. Los casos como estos se podrían extender muchísimo más, pero por el momento solo se utilizarán estos dos en vista de que sería bastante extenso introducir más ejemplos.

Respecto de la síntesis 2, textos de historia escritos con un lenguaje teórico-especializado podrían ser trabajos como este de LaCapra (2016):

La compleja cuestión de la atestiguación y el testimonio parece requerir una distinción inicial. La distinción problemática, que no debería interpretarse como una distinción binaria o entre extremos dicotómicos, es la que se da entre atestiguar, dar testimonio y ofrecer uno u otro tipo de comentario. Atestiguar, o ser testigo, se refiere en este contexto concreto al acto de tener la experiencia de un acontecimiento, y este puede adoptar diversas formas que no son verbales, incluyendo síntomas postraumáticos. La propia experiencia traumática ha atraído una especial atención y plantea problemas específicos, especialmente en términos de sus secuelas y con respecto al problema de dar testimonio. El trauma es una experiencia demoledora que distorsiona la memoria en el sentido «ordinario» y puede hacerla particularmente vulnerable y falible al informar los acontecimientos. Lo que se ha denominado memoria traumática se refiere a los síntomas de la experiencia traumática, como pesadillas, retrospecciones, reacciones de sobresalto y conducta compulsiva. Dar el testimonio implica el intento de abordar o dar cuenta de la experiencia que uno ha tenido y ha vivido. (p. 78)

Este texto es mucho más complejo, dado que una persona no especializada podría entender más fácilmente los textos de Ferguson y Hobsbawm que el de LaCapra. Pero, esto tiene un motivo. El texto de LaCapra está dirigido a especializados o lectores ya formados (o en formación) con interés en la historia del Trauma, una corriente historiográfica que se fundamenta sobre herramientas analíticas de la psicología y que antes se fundamentaba en gran medida por el psicoanálisis; su obra se encuentra dirigida a un sector muy específico. A pesar de esto, podrá notar el lector que LaCapra también se implica en su obra, toda narración histórica presenta esto directa o indirectamente. Este no es ajeno a su narración, cuando LaCapra (2016) menciona que: ‘‘Dar el testimonio implica el intento de abordar o dar cuenta de la experiencia que uno ha tenido y ha vivido’’, este se incluye en la definición de testimonio porque, como todo ser humano, también se encuentra en la capacidad de ser un testigo, de atestiguar sus propias experiencias. Los textos teóricos y especializados de la síntesis 2 solamente se diferencian de la síntesis 1 en la medida en que están dirigidos hacia públicos diferentes y por eso su lenguaje es distinto, más no se distinguen en la cuestión de la subjetividad.

Por consiguiente, queda claro que la historia como narración, tal cual lo escribió el profesor Jaramillo (2005), no puede escribirse por cualquiera, aun así, la historia como narración no puede constituirse única y exclusivamente por el lenguaje ordinario. La diferencia entre una narración histórica y una crónica es su fundamento teórico-explicativo. Las crónicas no tienen como función explicar, solo describir secuencialmente eventos, la narrativa histórica los explica directa o indirectamente con base en argumentos sustentados en la evidencia, respondiendo así diferentes tipos de preguntas ‘¿cómo?’. Lo que según filósofos como Dray (2021) equivale a explicar cómo algo ha sido posible, y ‘‘¿por qué necesariamente?’’ (pp. 166-71), lo que dirige al historiador a ofrecer razones, causas y condiciones necesarias que ofrezcan una explicación satisfactoria para el lector. Los textos y fuentes crónicas no tienen un valor explicativo en sí mismas, se requiere de un historiador que se formule cierto tipo de preguntas y que pueda utilizar una síntesis u otra para organizar su narración, la cual incluye las respuestas. Para explicar en una narración el lenguaje ordinario no basta; sin embargo, para explicarle a las personas no especializadas hay que adaptar las explicaciones históricas a un lenguaje más flexible sin que por ello estas pierdan rigor teórico y explicativo.

El lenguaje de la historia es prescriptivo

La última característica que se abordará brevemente respecto del lenguaje de la historia es su función prescriptiva, la cual refuta completamente la tesis de que el lenguaje de la historia se construye sobre el lenguaje ordinario, porque esta función prescriptiva requiere de un nivel teórico y analítico distante del sentido común. Las prescripciones operan conceptualmente de manera atemporal como reglas que rigen cómo se referencia, analiza e interpreta el pasado.

Las prescripciones son similares a las ‘reglas regulativas’ de J. S. Searle (1969), las cuales: ‘‘regulan, de forma antecedente o independiente, formas de comportamiento existentes’’ (p. 33; traducción propia); es decir, el lenguaje presente del historiador (sincrónico) hace presencia en la interpretación y explicación de hechos pasados distantes, creando así una regla de referencia e interpretación. Para otros filósofos del lenguaje como Wittgenstein (2009, p. 205) en su fase de Las Investigaciones Filosóficas, las prescripciones serían reglas de un juego del lenguaje, unas reglas pragmático-semánticas propias del discurso histórico en las cuales un término u otro pueden adquirir una diferente función o significación dependiendo de su uso en el lenguaje, las cuales pueden ‘‘nacer, envejecer u olvidarse’’ (p. 185). Un ejemplo práctico de esto es la sustancia narrativa del ‘‘descubrimiento de América’’ la cual se ha reemplazado por ‘‘la conquista de América’’ o la ‘‘invasión de América’’, reemplazando así la referencia de un evento histórico de gran relevancia a raíz de una crítica decolonial, como las que elaboró E. Dussel (1988) a finales de siglo XX sobre la ‘‘invención de América’’ y el ‘‘descubrimiento de América’’ (pp. 481-88). Esto refuerza la tesis de Wittgenstein según la cual las reglas de un discurso pueden envejecer u olvidarse.

Las prescripciones entonces, a diferencia de los anacronismos, operan sobre el metalenguaje, sobre cómo se utiliza el lenguaje para interpretar el lenguaje del pasado y poseen un fin práctico. De tal modo que, se puede decir que los conceptos del pasado tienen semántica, incluyendo aquellos de la antigüedad, aunque la semántica en dichos estratos temporales no existiese como término definido ni se emplease como se emplea hoy.

El problema de las prescripciones es cuando se utilizan como descripciones. Por ejemplo, si la ‘‘lucha de clases’’ se utiliza como prescripción, operaría como una herramienta analítica de interpretación de los procesos históricos, como una regla de interpretación que define la conducta y proceder de los historiadores en sus análisis. Ahora, si un historiador afirma que eventos x de t eran luchas de clases, aquí ya no se hablaría en términos de ‘‘podemos entender o interpretar x como una lucha de clases’’, se da por sentado que ‘‘x era una lucha de clases’’, lo cual es intervenir directamente en el pasado haciendo pasar una prescripción o interpretación por una descripción de ese pasado. Este ha sido el error de algunos historiadores marxistas, el problema del uso del término ‘‘lucha de clases’’ no es en sí la carga teórica, social, ideológica, etcétera, que contenga, es su mal uso que reproduce una discontinuidad narrativa.

Hay distintos tipos de prescripciones, las que son interpretaciones y las que de por sí se utilizan como reglas de referencia. Por ejemplo, la Revolución del Neolítico es una prescripción, esta funciona porque funge como referencia de un periodo que por sí mismo, en términos de lenguaje, no posee una referencia evidente y orienta al historiador a entender el Neolítico en términos de ‘‘Revolución’’. El término ‘‘revolución’’ se aplica aquí como ‘‘un cambio drástico o de gran relevancia’’, así lo entendieron los sociólogos, historiadores e incluso los filósofos e historiadores de la ciencia como T. Kuhn (1992, pp. 149-76) en La Estructura de las Revoluciones Científicas. Ergo, el Neolítico cumple con las características para ser considerado en sí mismo una revolución, pues se cambia el nomadismo por el sedentarismo, ejemplo realizado por V. E. Miranda (2025, pp.14-18).

El lenguaje de la historia es prescriptivo porque surge de una interpretación del pasado, muchos de los términos que en ella se utilizan, sean de las ciencias sociales, naturales, formales, etcétera, pueden no corresponder al estrato de tiempo al que se hace referencia, por ende estos términos son prescriptivos. Aun así, el lenguaje de la historia no es solamente prescriptivo, algunas de las descripciones pueden hacer referencia a un lenguaje dado. Si se plantea una descripción como: ‘‘en el siglo XVIII se ejercía la esclavitud’’, aquí hay un término descriptivo, pues la palabra ‘esclavitud’ se utilizaba en el estrato de tiempo referenciado. Esto es diferente de: ‘‘en el siglo XVIII se ejercía la esclavización’’, puesto que esta no es una descripción, se trata de una prescripción porque el término ‘esclavización’ no corresponde al siglo XVIII, como sí lo hace la palabra ‘esclavitud’. Lo mismo ocurre con ‘esclavo’ y ‘esclavizado’. Recientemente se ha popularizado utilizar la prescripción que la descripción, porque la esclavización es un concepto teórico de interpretación, mientras que la esclavitud no.

En este sentido, el lenguaje de la historia es diacrónico, cambia con el tiempo, aunque desde que la historia se consolidó como una ciencia social, la dualidad entre lenguaje ordinario y especializado ha estado presente. El historiador no puede escribir la historia con base en el lenguaje utilizado en la época que estudia; si ese fuese el caso, no habría lugar para la historia como ciencia, pues el historiador usa su lenguaje (sincrónico) para estructurar su narración, la cual tiene como referencia de representación el pasado. El lenguaje de la historia mezcla los términos descriptivos y los prescriptivos, los descriptivos hacen referencia a la historia res gestae y los prescriptivos a la historia rerum gestarum definiendo las reglas de referencia e interpretación. Por tal razón, el lenguaje que se emplea en la narración histórica es más complejo que el lenguaje puramente ordinario y no cualquiera puede escribir una narración de este estilo porque para hacerlo, tener en cuenta todas estas cuestiones es menester.

Consideraciones finales

Problemático es cuando en un debate tan importante y complejo como el que se ha trabajado en este artículo solamente hay lugar para dos opciones, dos caminos y posturas. Las tesis de White y Gardiner tienen argumentos sólidos, pero se tornan endebles por cuanto representan dos extremos que no se pueden dar por sentados tan fácilmente. Sumado a esto, el hecho de que no se haya indagado en el núcleo fundamental de esta problemática da pie a que no se puedan comparar demasiadas opiniones y aportes al respecto, el lenguaje de la historia qua ciencia es un tema que poco se ha abordado tanto en la literatura hispanoparlante como en la anglosajona.

La propuesta aquí, más allá de solo establecer el diálogo entre dos autores de autoridad en la filosofía analítica de la historia, es la de proponer un nuevo camino y horizonte para esta encrucijada producto de un malentendido que lleva muchos años sin ponerse en discusión, un nuevo camino y horizonte influenciado en ideas de historiadores como Topolski, pero con una pretensión teórica más amplia y explícita que va más allá de la efímera reflexión. El lenguaje de la historia como una síntesis da juego a muchas posibilidades de análisis que van más allá de los exámenes analíticos tradicionales. Esta postura no comprende el lenguaje como autónomo de esta ciencia, pero tampoco como una expresión ordinaria o común del lenguaje. La historia tiene una mezcla entre lenguaje especializado y lenguaje común en la síntesis 1, y la síntesis 2 utiliza términos que comparten dominios, por lo que no hay un lenguaje autónomo, menos aún se trata de entender la historia como una crónica constituida en un lenguaje común u ordinario. Una vez se entiende esto, el historiador puede visualizar la razón de porqué su ciencia es tan compleja a la par de maravillosa, pues pocas disciplinas pueden realizar un balance tan complejo entre el lenguaje del científico social y el de las personas cuya sed de conocimiento les dirige a consultar los textos de historia.

De manera que, por intermedio de una síntesis lingüística de este tipo el historiador puede explicarles a las personas ajenas a la historiografía cómo ocurrieron ciertas cosas, por qué ocurrieron, y entre otros aspectos más, de forma que este puede orientar su narración mediante una síntesis u otra a un dominio específico en el cual su uso del lenguaje puede ser adecuado o inadecuado (pues una historia regional con fines de enseñanza popular escrita por medio de la síntesis 2 sería un despropósito). Todo esto se puede llevar a cabo sin comprometer al lector con un entendimiento complejo de los regímenes de la explicación, conocimientos avanzados de historiografía o el aprendizaje de teorías complejas del lenguaje científico en contraste con el lenguaje ordinario, impulsando así una enseñanza de la historia más eficiente y adecuada en sus diferentes niveles de formación.

Con esto presente, el debate sobre el lenguaje de la historia qua ciencia debería al menos estar más claro, o por lo menos dentro del panorama historiográfico y teórico debería encontrarse en un punto más robusto y explícito que en las reflexiones de algunos historiadores o filósofos, dado que los análisis narrativistas ofrecen diferentes estructuras narrativas que el historiador puede elegir al momento de estructurar narrativamente su relato (caso de H. White o F. Ankersmit), pero no qué clase de lenguaje elegir para una narración en particular. Aunque esta tesis central no pretenda zanjar la discusión al respecto, promueve trabajar en torno a esta cuestión que debería llamar la atención tanto de historiadores como filósofos de la historia.

Notas al pie:
  • 1

    Texto en idioma original: Summay. A historical explanation is not an explanation of present facts in terms of past facts. The determination of the type of an explanation depends upon the terms which appear in it. Because of the great number of sciences presupposed by history, it is difficult to say which terms are specific to history. When we are able to present the terms which are specific to history we shall be able to define ‘‘historical explanation’’. We may be sure, however, that whatever these terms are, they will not be different from sociological terms. The current distinction between history and sociology is artificial and not based upon any distinction between the kinds of subject-matter terms they contain, but rather upon the amount of logic they use.

  • 2

    Se utiliza el término en latín qua para hacer referencia a la historia como ciencia en cuanto a la totalidad de sus fundamentos, no solamente a uno de ellos, o unos cuantos.

  • 3

    Para evitar confusiones, las citas dentro del texto son de la autora en cuestión.

  • 4

    Estas hipótesis tienen un fin heurístico y no uno estadístico cuantificable.

  • 5

    Con esto se hace referencia a que el lenguaje que utiliza el historiador no nace necesariamente de la historia como ciencia, no es constitutivo. El historiador decide utilizar ciertos términos sobre otros, ciertas expresiones sobre otras, y estas no surgen por la historia en sí misma, son elegidas por el historiador de manera contingente.

  • 6

    Se han conservado los términos referenciados por el autor en el texto en su idioma original: One must distinguish between jargon and technical terms. No one can, and no one should, discuss medieval law without such words as dower or novel disseisin, the Reformation without referring to justification by faith alone or the spiritual presence in the eucharist, the growth of industrial economies without admitting profit margins and interest rates to his discourse. History necessarily comprehends many studies and disciplines that are highly technical in themselves and must therefore have a technical vocabulary. But history is not itself a technical study in this sense, which is why those bewitched by the spurious precision and the law discovering unrealities of the so-called social sciences dislike and despise it. It should explain itself in terms accessible to all men, not to experts only, and if it is obliged to use technical terms, because in the circumstances they are the right ones, it must both understand and explain them. What is not permitted to the historian is the use of technical terms borrowed for no specific reason, used to suggest a non-existent profundity or a spurious scientific framework, and manifestly not expanded in terms of plain language.

  • 7

    Texto en su idioma original: These are the two central issues to be addressed in this book. I shall argue in Chapter 1 that the facts of cultural relativism and of the relation between language and reality require historians to give up any naive assumption that historical descriptions correspond exactly to the events which they describe in the past. Nevertheless there is a sense, which I shall define, in which historical descriptions can be true of the past, allowing that they are always couched in the concepts of a particular culture.

  • 8

    Texto en su idioma original: historians are always making the happy discovery that their rhetoric differs from the rhetoric of the chemist or the biologist. But this does not entail the expulsion of history from the family of the sciences. It simply makes the historian’s science special, with its own way of telling the truth. What should prevent the historian from offering his findings in the dry, deliberately graceless manner of a paper, say, in clinical psychology, is not literary aversion but his recognition that such a mode of presentation would be not merely less delightful than a disciplined narrative - it would also be less true. Style is the art of the historian’s science.

  • 9

    Se conservaron las siglas (SHS, HI) como aparecen en el texto en su idioma original: In this paragraph, which is a sequence of historical sentences (sHs) linked together by the common subject matter which the Yalta conference was, and at the same time a historical image (HI) of that conference, the narrative is chronological and reflects the course of events. It might be labelled, for instances “The End of the Yalta Conference.” That would be a possible name of a historical concept (notion) with a small theoretical content, and at the same time the name of the HI hidden behind it. Professor Kersten uses in it everyday language as she need not refer to theoretical or historical concepts. She would probably accept some inclusion (like that suggested above) of that fragment of the past in a more general notion or concept. But in other parts of her book she had to use language that was more differentiated as to conceptualization. In the passage that follows she wrote about the Potsdam conference….

  • 10

    Texto en su idioma original: Here a descriptive narrative is combined with interpretation (explanation of the attitude of the Americans and the British). We accordingly have references to historical and theoretical concepts necessary in that explanation, such as “cultural standards” concretized to the United States (sentence 7), “spheres of interest” (which is an abbreviation referring to the theory of spheres of interests in the political history in modern times), and “everyman’s land,” which is a metaphor with a strict political connotation (sentence 9). The term “Soviet domination” also functions as a concept (sentence 9), because it sums up a varied content.

  • 12

    ‘‘historia res gestae’’ hace referencia a los hechos del pasado, a la materia prima del devenir histórico que no es otra cosa que las permanencias, eventos, hechos y acontecimientos que conforman la realidad histórica.

  • 13

    ‘‘historia rerum gestarum’’ hace referencia a la narración de los historiadores sobre el pasado en un estrato presente de tiempo; es decir, el historiador a partir de su presente y su realidad sociohistórica (producto de los efectos del pasado) narra estos hechos, permanencias, eventos y acontecimientos dotándolos de una interpretación propia, relacionada con propósitos explicativos (¿por qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?).

  • 14

    En la obra El Taller del Historiador, Curtis (2016) este escribe que ‘‘la investigación y la escritura histórica no podían ni debían estar completamente separadas de la historia personal del hombre dedicado a este proceso’’ (p. 13), interesándose así por los intereses del historiador.

  • 15

    Carr (1984) escribe que el historiador suele seleccionar las causas estableciéndolas en jerarquías, o, en otras palabras, por relevancia e impacto.

  • 16

    Aquí se han citado todo tipo de obras al respecto, difícil es mencionar solo una.

  • 11

    Este es un modelo semántico propio con propósitos heurísticos de una narración, todos los elementos aquí presentes se relacionan entre sí, y al ser un modelo semántico da pie a las diferentes interpretaciones sobre las categorías abstractas que en él se encuentran. De tal manera que la estructura narrativa representa los hechos, no reflejándolos o siendo en sí mismos hechos como en el Tractatus de Wittgenstein, sino fungiendo como una representación coherente entre enunciados organizados en una narración con respecto a hechos.

Lista de referencias
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  • Carr, E. (1984). ¿Qué es la historia? Ariel.
  • Círculo Escéptico Argentino. (2013, 16 de octubre). Mario Bunge: “Ciencias sociales con números” [video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=JLq7YSmOqNE
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Historial:
  • » Recibido: 07/09/2025
  • » Aceptado: 22/10/2025
  • » : 26/01/2026» : 2025Jan-Dec